PIENSAS DIFERENTE, VOTA DIFERENTE

domingo, 25 de agosto de 2013

NUNCA HAY UN FINAL

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Aunque con algo de retraso, a mediados de junio Amara pudo organizar mi aniversario. Una fiesta increíble y por sorpresa, al lado de mis mejores amigos y de otros muchos, de mi familia y de mis padres, que morirían meses más tarde. Nadie habló de Anna, los unos porque no quisieron y los más porque no sabían. Pero en silencio y con una ancha sonrisa, los que sabíamos brindamos por ella y por Biel, aún ausente y al lado de su amada.
En julio organicé el definitivo cierre de mi empresa y en agosto marché con Amara de vacaciones a Asturias. Y en el bosque de Muniellos, por la tarde y con la mochila en la espalda, entre robles, hayas y fresnos, buscaba la paz de algún recodo y me sentaba para escribir una historia, que me sería muy difícil de publicar y solo en caso que Anna lo aceptara. Allí, sin el ruido humano, mientras buscaba el rastro del lobo, del oso y del jabalí, o me recreaba en el corto vuelo del urogallo, empecé a recordar todas las historias pasadas con mi amiga hermana amante, las conversaciones mantenidas durante tantos años, nuestra extraña e intensa convivencia, entrecortada y nunca rota. Y su relación con Amara, el respeto y la admiración que se sentían. Y el recuerdo de nuestros viajes en solitario, siempre uno junto al otro. Y nuestra aventura con Amara, andando durante quince días desde la Cerdaña hasta Jaca, con mochilas y tienda de campaña. Un viaje de amor y  de conocimiento. Pero en lo que más pensaba era en nuestras últimas conversaciones, no había tarde que no lo hiciera.
“Si cada uno de nosotros hablara y actuara por lo que siente, todo sería distinto Popol. Nadie piensa igual y cada uno de nosotros tiene y defiende sus costumbres y su modo de vivir; y para estar en paz, con solo mostrar las nuestras con humildad y respetar las de los demás, habría suficiente.”
“Hay que involucrarse y participar, hablar claro y alto, para que todo el mundo pueda escuchar tus palabras y participar de tus ideas; y hay que defender hasta el último aliento a la gente que piensa de manera diferente.”
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En aquellos días había estallado el 15M. Dudaba que fuera efectivo y tampoco me gustaba mostrarme. Quizá aún conservara mi obsesión por el secretismo de los tiempos de lucha, cuando la supervivencia y la pericia en no ser descubierto iban de la mano. Pero me introduje en el movimiento, aunque solo tangencialmente, de mirón y oidor de sus discursos; y sondeé, escuché, analicé y hablé con alguno. Y, por supuesto, busqué a los infiltrados, tanto de un bando como de otro; y los localicé con tanta facilidad que los creí patéticos. Y no, no sentí compasión por ellos, ni por los que dejaban la piel en la lucha; porque descubrí algo que hasta entonces me había pasado desapercibido: la subversión había dejado de ser hermética, la infiltración carecía de sentido, en todo caso sumaba, y la gente no escondía su nombre ni sus ideas. Nada había cambiado y, sin embargo, la manera de participar era distinta. La subversión, al menos hasta que el poder no se sintiera en peligro, podía ser abierta. Pero en el momento que los jerarcas vean su poder en riesgo, todo cambiará, se convertirán en violentos y crueles, primero utilizarán la ley, rediseñándola si hace falta, y luego las armas y la sangre.
Como siempre, ni el poder ni la policía han cambiado. Son los mismos amos con sus perros y, del mismo modo que un terrorista solo sabe matar, ellos solo saben vivir a costa de los demás; de modo que defenderán el poder a costa de lo que sea, porque lo consideran de su propiedad.
Y busqué entre la gente más dispar, y encontré aquella a la que nadie quiere entender de tanta libertad que ofrece, a los piratas. Durante unos días me dediqué a estudiar el partido y al final me afilié. Al cabo de unos meses y después de recibir algunas notificaciones, intenté participar y descubrí que era un engaño. Lo que aparentaba ser democracia directa y horizontal, era en realidad de una transversalidad rayana en la verticalidad. Los abandoné o, mejor, los olvidé y volví a buscar; pero esta vez ya sabía dónde y cómo. Su ideario me había convencido porque era el mío, el de Anna o el de cualquiera que creyera en la libertad individual y en la democracia por encima de cualquier ideología.
“Es la manada lo que nos convierte en asesinos y fascistas.” Y son las ideologías las que crean manadas. Las ideologías, las religiones y las banderas.
Los encontré por la red. También eran piratas, pero esta vez compartían y hacían uso de la democracia con una plenitud que nunca había visto. Me afilié y me dediqué a leer sus escritos y seguir lo que hacían. Un día recibí una demanda de ayuda. Los Pirates de Catalunya trataban de organizar el Partido Pirata Europeo y necesitaban un lugar donde acoger a un delegado extranjero, ofrecí mi casa y los conocí de cerca. Y descubrí que todo lo que anunciaban era cierto y lo cumplían, incluso más; y me involucré tal como me gusta, hasta el límite. Había encontrado el camino olvidado treinta y cinco años atrás, por el que valía la pena volver a luchar.
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Una vez más había sido ella, a miles de kilómetros de distancia, entre campos de adormidera, agua y jungla, la que despertó la inquietud que llevaba en mi interior.
Los tiempos no han cambiado, siguen siendo los mismos de hace cuarenta, cien, mil años. Somos nosotros los que lo hemos hecho, para bien o para mal, y nadie sabe cómo terminará. Mis predicciones hablan de un retorno de las dictaduras y del fascismo, esta vez de la mano de intereses bastardos y corporaciones financieras, con la ayuda de una complaciente ciudadanía sin espíritu. Y hay que luchar para que los tiempos oscuros sean lo menos duraderos posible.


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miércoles, 21 de agosto de 2013

CONVERSACIONES CON AMARA - 3ª PARTE

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-¿Qué hubierais hecho de no estar Artur por medio?
Lo dice por el dinero. Amara nunca ha sabido manejarlo ni moverse sin él. Y pienso que ya debería ser hora que aprendiera. Hemos pasado buenos y malos momentos, y siempre hemos conseguido salir airosos, ella trabajando los días de fiesta y yo vendiendo mis servicios como cobrador de imposibles.
Le acaricio las nalgas y sonrío. Su respiración es profunda y de vez en cuando se le oye un pequeño ronquido, sin embargo, se inquieta si me mantengo en silencio. Quizá sea esa medicación que le provoca somnolencia, sin dejar que le entre el sueño por completo.
Me levanto con la excusa de mi insomnio. Quiero que duerma para evitarle una mañana de dolor de cabeza. Pero me retiene, se esfuerza para combatir el sueño que le envuelve.
-Llegar y actuar no habría sido un problema. Nosotros habríamos puesto todo nuestro dinero, Joan aún más del que puso, Biel hubiese dejado la piel y Mónica se habría vendido hasta la moto.
Quizá no hubiese llegado a tiempo. O sí, me digo para mí mismo, después de pensar en las posibles alternativas y de saber que no temo a mi instinto.
Amara no es consciente que fue Tomás quien me facilitó la documentación, sin él nunca habría podido llegar en tan poco tiempo. Artur la tenía por otras razones y Biel por ir a menudo a verla. Era yo el eslabón débil y, sin embargo, nuestro viejo amigo la consiguió en pocas horas. Anna bien valía el riesgo y un compromiso.
Le acaricio la columna desde la rabadilla hasta la nuca. Me duele el brazo por el difícil gesto y porque mi hombro está dislocado. Ahora sí duerme profundamente. Y cierro los ojos para seguir hablando, esta vez a los duendes de la noche.
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Y recuerdo a Tomás, al despedirme en su vieja bodega. Sus ojos mirándome fijamente, su fuerte mano cerrada en la mía como si no quisiera soltarla. Cojea de la pierna izquierda, según él por una caída fortuita. Nunca le pregunté la edad. Le calculo más de setenta y padece los típicos achaques, aumentados por su enfermedad crónica. Tal vez haya sido caída, pero por su andar deduzco que la cojera será permanente. Al fin sonríe. No dice lo que piensa, sabe que no hace falta.
–Sigue tu intuición y utiliza la memoria, porque, aunque los tiempos hayan cambiado, son las mismas personas con los vicios de siempre. Simula como sabes, es tu mejor arma, la del mago que engaña los sentidos de su público, que amaga quién es incluso cuando clava su daga.
Lo leo en sus ojos y en sus labios, en sus casi imperceptibles gestos.
-Se precavido. Hasta tu familia debe ignorar que te has ido. Por terreno enemigo muévete sin nada que te identifique. No vaciles. Haz lo que haga falta y, a poder ser, tráela de vuelta a casa.
No, no hace falta que me cuente lo que tan bien sé. En cuanto a Anna, estoy seguro que no volverá. Todos lo sabemos.
Tomás sabe que no voy para negociar, ni para contratar un abogado; que esquivaré al primero que llegue para recibirme, porque probablemente sea el que las ha traicionado; que me presentaré a sus compañeras directamente, sin mediadores. Y sabe que no volveré sin haberla rescatado, y que lo intentaré cueste lo que cueste. Sé que lo sabe porque lo dice su mano, porque ha convertido su manera de retener y apretar la mía, en un mensaje de incierta despedida.
Los tiempos no han cambiado, somos nosotros quienes lo hemos hecho. Ya no somos los mismos, no puedo andar tantos kilómetros, ni subir las mismas montañas; el exceso de humedad me afecta, en invierno me cubro con una manta, no veo tan bien a lo lejos y he perdido reflejos, y a veces soy demasiado lento.
Hoy, igual que antes, no estoy seguro de volver, pero entonces confiaba en mis habilidades y ahora no puedo; sin embargo, sé que tengo muchas posibilidades de conseguirlo, porque nadie espera, ni siquiera el más desconfiado, que alguien venga de tan lejos para llevársela por las malas, cuando en teoría no se sabe dónde está.
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-Si cada uno de nosotros hablara y actuara por lo que siente, todo sería distinto Popol. Nadie piensa igual y cada uno de nosotros tiene y defiende sus costumbres y su modo de vivir; y para estar en paz, con solo mostrar las nuestras con humildad y respetar las de los demás, habría suficiente. Tú mismo has conocido a integristas de muchos bandos, y después de hablar con ellos el combate se te ha hecho imposible, tanto por ti como por ellos. Es la manada lo que nos convierte en asesinos y fascistas. 
Hay que involucrarse y participar, hablar claro y alto, para que todo el mundo pueda escuchar tus palabras y participar de tus ideas; y hay que defender hasta el último aliento a quien piensa de manera diferente.
Anna no acierta ni desacierta en lo que dice. Lleva, como todos, su parte de razón. En la vida hay que tomar partido y eso nos integra en una manada, aunque nos cueste reconocerlo. Debes enfrentarte a lo que consideras injusto, respetando por igual las ideas del débil y del preponderante; pero cuando este convierte su poder en abuso, has de posicionarte sin dudarlo. Vacilar podría significar tu derrota y la de los tuyos, la desaparición de una postura ante la vida, incluso de una cultura y, lo que es peor, de tu capacidad de transigencia.
No puedo razonar con alguien, que, antes de matar por no morir, sería capaz de hablar con su verdugo hasta su último segundo. Yo no soy así, y si lo fuera ahora no estaríamos corriendo por el borde de la jungla.
Y debe haber leído mi pensamiento.
-Ya sé que no es fácil Popol, que a veces nos lo hacen imposible, pero al menos quiero luchar e intentarlo.
Cada bache es dolor, lo sé porque a veces no puede esconder el gesto. No son sus rodillas sino todo su cuerpo. Esta noche le he visto los brazos amoratados, seguramente por las cuerdas que la habían sujetado, pero también algún moratón en la espalda y las piernas. Conociéndola supongo que debió defenderse.
Me acerco y la abrazo. Quiero que su cabeza descanse en mi hombro. Le acaricio las mejillas y su hombro libre de mi abrazo, le levanto la barbilla y la beso. Los jóvenes que nos acompañan hablan entre ellos y se ríen. La chica se vuelve y le dice algo que provoca una rápida respuesta e hilaridad en los tres.
-Se preguntan cómo puedo mantener la mente despejada con tanto hombre.
Me río. No le pregunto si tiene alguno por aquí. Lo más seguro es que no, porque en caso contrario ya lo habría conocido, además mi amiga no es de tenerlos sino de usarlos.
-¿Y qué has respondido?
-Que es lo que me hace tenerla así.
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No hizo falta hacerle entender que había un traidor entre ellos, era consciente de eso y creo que antes de despedirme ya sabía quién había sido. A los compañeros que me acompañaron en su rescate, les pedí que tuvieran los ojos muy abiertos, que Anna intentaría hablar con él o ella para razonar su posición. Pero el individuo que ha matado o lo ha hecho posible, ya no tiene remedio, y, en caso de tenerlo, no es bueno comprobarlo. Estoy seguro que entendieron mi mensaje y obrarán en consecuencia.
Eran tres, dos hombres jóvenes y una chica, valiente y decidida, porque hizo de cebo y se jugó mucho más que la vida. Una mujer como ella, dispuesta a morir por defender la libertad de los demás.
¿Sabes? Con su charla me descubrí ser todo lo que odio y por lo que siempre me he rebelado, lo que ella despreció. Somos manada, hemos parcelado el abrevadero y nos hemos apropiado de un rincón, donde todos los que creemos ser iguales, nos discutimos el espacio y el agua. Y vigilamos a los vecinos para que no vengan a beber en nuestro sitio, aunque el agua provenga de la misma lluvia; y si están más cómodos los miramos con envidia, unos sana y otros insana. En eso nos diferenciamos, en la envidia. 
En el abrevadero me gusta mirar a los de otra parcela para buscar coincidencias; y lo que más me satisface, es cuando su mirada es igual a la mía. Por eso siento más empatía con algunos de ellos, por alejados que estén, por diferentes que sean, que con muchos de los que beben pegados a mí.
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-Echaba en falta tu manera de amar, tan sensible y sofisticada, tan femenina.
La miro y sonrío. Sabe lo que pienso, pero lo calla de la misma manera que yo. Es cierto, le he hecho el amor durante toda la noche, pero para mí sin sexo; o quizá sí y, dadas las circunstancias, ha sido abundante para ella. De todos modos no sé si es burla o sinceridad, en todo caso prefiero responder con una verdad.
-Será que tuve la mejor maestra y encima bisexual.
Y se ríe, me abraza y me besa.
Nuestros acompañantes, pasajeros como nosotros porque circulamos por tierra de Tailandia a bordo de otro 4x4, conducido por uno de los amigos de Artur, la miran con complicidad y simpatía. Y ella les explica en su idioma el por qué de su risa.
Le he hecho el amor del mismo modo que ella lo hacía a mí y a Amara, tal como nos enseñó a los dos, a mí muchos años atrás y a ella a la vuelta de nuestra luna de miel. Y me ha llenado de gozo saber hasta qué punto le ha gustado y recordado nuestra relación.
-¿Te das cuenta? Me amas igual que antes, sin condiciones ni esperar recompensa. Somos singulares hasta en eso y esta vez no puedes achacármelo. Tu amor hacia mí no espera nada a cambio, ni siquiera reconocimiento. Es tan limpio como el de un enamorado. Nunca serás adulto Popol.
Y se ríe abiertamente, con la alegría de siempre. Y sin querer buscarlos veo, una vez más, marcarse los preciosos hoyuelos en sus mejillas. Ha sido un instante, fugaz, pero tan intenso que por un momento he sentido ganas de llorar de alegría.
Y pienso en la escuela de Cachemira, cómo se lanzó sobre mí para cubrir mi cuerpo de la posible metralla; y en la pequeña oquedad en la roca, temblando enfebrecida, cuando, con solo la mirada, me pidió que la abandonara a su suerte; y en Pamplona, cuando puso su vida como prenda en defensa de la mía. Y recuerdo cuando se presentó en mi casa, tras haber desaparecido más de un año, para recuperar mi hombría y rescatarme de las drogas y de la autodestrucción.
La miro fijamente a los ojos con una burlona sonrisa. Quiero que sepa lo que pienso sin necesidad de unas palabras que entre nosotros sobran. Y vuelve a besarme de aquel modo que tanto me enloquece, que probablemente no sentiré de sus labios nunca más.
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Subí al 4x4 y miré hacia atrás, para verla de pie en medio del camino y con la mano ligeramente levantada. Mi compañero debió percibir mi estado de ánimo, porque dijo algo en inglés que no entendí  y durante un instante me tomó del brazo, lo justo para demostrarme solidaridad o quizá consuelo.
En poco llegaremos al aeropuerto y podré pensar tranquilo, en mi soledad. Y en unas horas aterrizaré en Bangkok, que seguirá siendo desconocida para mí, tal como el resto del país. Es la primera vez que viajo sin ver, ni recrearme en la gente y sus costumbres, pero tal vez sea de las que me he sentido más pleno de orgullo.
En el aeropuerto me espera Artur, con su eterna y deshilachada mochila de lona. Y si todo va bien cogeremos el primer vuelo de Air France y en quince horas estaremos en casa

No ha sido fácil, nada fácil.
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Una historia de hace más de dos años a la que le faltan muchos capítulos, para los que tardaré otros tres o tal vez nunca escriba.


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jueves, 15 de agosto de 2013

CONVERSACIONES CON AMARA - 2ª PARTE

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Me abraza con mucha más fuerza de la que acostumbra. Lo hace para agradecer lo que he hecho, sin necesidad de expresarlo con palabras, que sabe podrían ofenderme. Me abraza por su amiga y porque he sobrevivido. Vuelvo a acariciarla, esta vez en sus hombros. Con delicadeza paso mis pulgares por sus cejas y con uno de ellos presiono el punto del sueño para intentar vencer su insomnio. Y veo como unas lágrimas corren por los costados de su cara, en busca de la almohada. No puede abstraerse de su emoción, ni de la congoja que ha pasado. Está emocionada y no quiere evadirse de la felicidad que siente.
-Has dudado que lo consiguiera.
-No es eso, nunca he dudado de ti ni de tu fortuna; pero he sufrido mucho y hasta ahora, que te veo aquí, no he podido dormir tranquila.
Es, creo, la primera vez que me trata así, que reconoce su debilidad y mi preponderancia. Y vuelvo a sentirme poderoso y una extraña suficiencia invade mi espíritu. Solo en el mar y tras una tempestad, con la caña del timón en la mano y el barco abriéndose paso entre las grandes olas, sentí algo parecido. Y vuelvo a avergonzarme de mí mismo, de la falta de modestia que durante un instante he sentido.
No sería nada sin ella y habría sido nada sin Anna. Y sin Mónica nunca podría haber conocido la lealtad infinita, esa que supera a la propia vida y al amor. Y fue Mila quien me enseñó a enfrentarme a los vaivenes de la vida sin perder la integridad.
Es curioso que sean mujeres, siempre las mismas.
Y cierra los ojos y hace como si durmiera. Le pido que descanse de lado para así acariciarle la espalda. Sé que eso la relaja y le ayudará a encontrar el sueño. Pero soy yo el excitado, que por mucho sueño que lleve de retraso, necesito contar lo vivido para quizá creer que ha pasado.

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-Las buenas vivencias pasan rápido y si no las tomas se olvidan y se pierden. No hace falta marchar tan lejos para sentirte vivo, en mi caso yo no supe o no quise verlo y por eso vine hasta aquí. Tú, igual que yo, nunca te has sentido atado a ideologías. Lo que aquí he encontrado las supera. Y aunque esas mujeres sean, como tú bien dices, mis amigas hermanas, me siento atada por algo más intenso. Las ideas, las creencias o la manera de vivir, aquí carecen de importancia. Las dos compañeras que hemos perdido eran muy distintas a mí, pensaban de una manera muy diferente, sin embargo, han entregado su vida para ganar la libertad de otros.
No respondo. Por qué hacerlo, cuando la entiendo y comparto todos sus sentimientos. Las ideologías matan, convierten a los hombres en víctimas y verdugos, en asesinos de sus hermanos. Anna lucha por algo más que todo eso, por la libertad de los demás. Sin embargo, para salvaguardar la suya he tenido que matar, después de autoconvencerme que mi víctima no era un ser humano.
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Transitamos con cuidado por sendas que bordean los cultivos, pegadas a la montaña y a la selva. De vez en cuando paramos, porque un riachuelo o un canal cruzan el camino y hay que vadearlo con gruesas tablas de madera, que volvemos a cargar tras recomponer los márgenes dañados por nuestro paso. Ella no baja del vehículo, aunque a veces lo intenta cuando ve que hay demasiado trabajo. Y lo evito con un grito y malas maneras.
-No es por tus rodillas sino por tu seguridad y la de los campesinos que vemos. Hazme caso, nadie debe saber que vas en uno de estos automóviles.
Y ella obedece. Sabe que, por muy preparada que esté, yo lo estoy mucho más para lidiar en estos asuntos.
Cuento los días y resto los dos del viaje. Es curioso lo que puede llegar a hacer un hombre en tan poco tiempo, convivir con desconocidos, que hablan un idioma muy distinto, de piel y rasgos diferentes al suyo; y, sin embargo, siento que son de mi misma familia porque quieren lo mismo que yo. Y tal como hace muchos años, me siento más próximo a ellos que a muchos de nuestros vecinos. Y ellos deben pensar lo mismo de mí, porque noto su asombro cuando nos reímos y sufrimos por las mismas cosas, del mismo modo que pasó en el altiplano, con los franceses que nos acompañaron, o en aquella pequeña meseta del Himalaya, con los dos pastores pastunes.
Hay hombres que no sienten raigambre en ninguna tierra; que no tienen bandera, raza e ideología; que se ríen más de los dioses que de sus semejantes. Y esos hombres deberían ser mayoría.
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-Para ti su sacrificio ha sido una derrota y para ellas una victoria. Han tenido que torturarlas, violarlas y matarlas, y eso sí es una derrota. Nunca podrás entender algo así. Tu eres un soldado, el mejor que he conocido, y solo comprendes un modo de lucha.
La miro con calma, no acierta ni va desencaminada. Hace dos días yo podría haber muerto, de la misma manera que pude hacerlo en la selva peruana o en el altiplano. En la primera habría sido derrota, en el segundo nada, solo el vacío. Pero hoy es distinto, aunque ella también perdiera la vida conmigo.
-Te equivocas y lo sabes. Habría sido un lujo morir aquí por lo que estoy haciendo. Aunque en este momento sea un soldado, ganar o perder es indistinto, porque para mí el intentar rescatarte ya ha sido una victoria. Ahora solo quiero dejar de tentar a la suerte -le digo con cierta aprensión, porque circulamos al descubierto y somos un blanco perfecto, en un lugar que circular con un 4x4 es muy sospechoso.
-Tengo sesenta. Ya no soy un niño, ni mucho menos aquel joven intrépido que se lanzaba al agua desde imposibles rompientes; que escalaba tanto paredes de roca como de obra; que bailaba hasta el amanecer y amaba a mujeres hasta el día siguiente. Y aunque haga pocos meses que subiera a un árbol para recoger piñas, ante el asombro de mis amigos, sé que me costó mucho más de lo esperado, que al bajar respiraba cansado y que tuve que utilizar los músculos de mis brazos al máximo. Ya no puedo sumergirme tantos metros, quizá por falta de aire o por cansancio. Tengo sesenta y, en diez más, mis hijos, hoy admirados por la fortaleza y el espíritu de su padre, me vigilarán preocupados y controlarán mis pasos; y en veinte dirán que olvido las cosas, eso en el mejor de los casos, que no debo conducir tantos kilómetros y hasta es posible que busquen alguien para cuidarme. ¿Qué mejor manera de terminar mis días, que aquí, contigo y de una ráfaga?
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-¿Sabes una cosa? No fui porque me lo pidieras, aunque sí tuvo mucho que ver tu voluntad en mi decisión. Es curioso como un individuo como yo puede llegar a este tipo de dependencia, pero eres Amara, la mujer absoluta y poderosa. Incluso allí, entre plantaciones de opio y árboles centenarios, se hablaba de ti con admiración. Mujeres torturadas y luchadoras, escuchaban de la boca de Anna palabras sobre tu espíritu de superación, tu fortaleza y tu valor.
Y seco sus lágrimas con las yemas de mis dedos. La beso y una vez más le pido que descanse, que ya seguiremos mañana; pero es imposible, no puedo dejar de hablar. Hoy he vuelto a ser Popol, pletórico, henchido de un orgullo que no puedo disimular, pero esta vez no por mí sino por ellas, esas mujeres birmanas que, contra todo y todos, luchan por su dignidad; y por mis amigas hermanas y por mi compañera, tan iguales a ellas.

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jueves, 1 de agosto de 2013

CONVERSACIONES CON AMARA

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La abrazo y la beso. Ha pasado unos días difíciles con su salud, además temía, con razón, que no llegara a tiempo para mi aniversario. Está en la cama, agarrotada por el dolor. La miro y me doy cuenta lo mucho que la quiero, lo que significa para mí y hasta dónde llega su valor y su confianza. Sabe que he estado a punto de no volver, y yo sé que nunca me lo habría echado en cara. Es Amara, la mujer que, junto a Mónica, ha organizado algo que escapa a la lógica humana, pero que responde a su espíritu, ese que me enloqueció.
-Eres el único que puede conseguirlo. Si tú no vas lo hará Biel y sabes que fracasará.
-Es muy difícil, no sé por dónde empezar.
-Cuando estés allí sabrás. Si no lo intentas y le pasa algo, no te lo perdonarás nunca.
-¿Eres consciente que es posible que no salga vivo?
-Sí, pero no te preocupes, no te lo echaré en cara y brindaremos con cava en tu memoria.
Y recuerdo sus palabras al despedirme en el aeropuerto, después de darme un beso.
-No vuelvas sin haberla dejado en lugar seguro. Es lo que yo haría si pudiera.
Y que, antes de subir al avión con Artur, que todavía no entendía por qué debía esperar en Bangkok, me sonreí al pensar que, en caso de salir mal, sería una bonita manera de morir a los sesenta. La mejor.

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-Cuando toda la fortuna que puedas acumular haya desaparecido, este árbol que ves ahí todavía vivirá.
Observo el árbol. Es alto y delgado, los he visto más grandes y viejos y ese tiene mucha vida por delante. Si nadie lo tala, trescientos o cuatrocientos años como mínimo.
-Nuestra fortuna, nuestras vidas y las de nuestros nietos. Nada es eterno, sería muy aburrido serlo -respondo con ironía.
-No me has hablado de Amara, de su salud. ¿Y Joan y Vicki, cómo están?
Me encojo de hombros y sonrío.
-A punto de ser abuelos. Amara sobrevive, ahora mejor que antes, pero ya sabes, su enfermedad es crónica y va a peor. Solo su espíritu la mantiene como es.
Tras nuestro se alza un montículo tan rocoso como selvático. El aire de la noche es fresco, incluso esa humedad que hace rato nos empapaba ha desaparecido. Uno de sus compañeros, sentado con las piernas cruzadas, está curando sus descarnadas rodillas. Debo apartar la vista, porque en una de ellas se le ve el hueso. Un rato antes, cuando le han sacado los vendajes que le pusimos para suplir los primeros, una chica se dedicaba a apartar los cientos de moscas que hacían turno para devorar su carne. Me mira a los ojos y sonríe. Su compañero médico le ha puesto unos polvos desinfectantes, después de lavarle la herida con cuidado y de inyectarle una dosis de antibiótico, que se me antoja más para ganado que para humanos. Ha de dolerle mucho, tanto que debe ser insoportable, pero no lo denota.
-Duele mucho, supongo. Yo no podría aguantarlo.
-Muchísimo. Es horrible. Y no seas estúpido, tú también lo aguantarías y lo sabes –responde con una entrecortada carcajada.
Y recuerdo mi entrenamiento, las lágrimas que caían de mis ojos y cómo me abstraje del dolor y del miedo, gracias a soñar con Mónica. Ella lo engaña con su risa, tan típica, tan alegre.
-Si sigues así no llegarás a vieja.
Se ríe, abiertamente esta vez; yo también por la tontería que he dicho, que llevaba dentro durante todo el camino, que me sentía estúpidamente obligado a espetarle.
Y vuelve a mirar el árbol.
A nuestro alrededor una nube de mosquitos envuelve la llama de aceite, mientras cientos de grandes mariposas revolotean a su alrededor, y algunas se queman y caen con estrépito.
-Sabes Popol, excepto los árboles aquí todo dura poco, pero a cambio se vive con intensidad. En algunos barrios de Bangkok sesenta años son muchos, mientras en otros hay quien muere a los noventa, Aquí, a partir de los cincuenta ya se es anciano y lo extraño es encontrar alguien de nuestra edad. Como menos esperanza de vida tengas, más valor le das y menos a la supervivencia.
Debo hacer un esfuerzo para entenderla, aunque todo lo que ha dicho ya lo sepa. Y se ríe mientras lanza una exclamación de dolor. Su compañero levanta la cabeza.
-Sorry.
Y ella sigue con su risa, amagando una mueca de dolor.
-No te preocupes Frank, ha sido sin querer. No todos tienen mi suerte, la de tener amigos como vosotros.
Y pienso en el charco de sangre, aún fresca, que vi junto a ella en su celda. Su compañera tuvo la desgracia de ser birmana y de precio bajo, y la violaron y le partieron las rodillas, para que no escapara antes de matarla.
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Me sorprendió su tranquilidad, como si nada de lo que pasara a su alrededor le afectara. Pero la conozco y sé que no es así. La aceptación de la realidad es parte de su fortaleza y de su capacidad de lucha, la misma de tus amigos de “médicos sin fronteras”, la que vi en su amigo australiano, cuando la curaba tranquilo y sin inmutarse por el dolor que le provocaba.
No preguntó cómo conseguimos rescatarla, quizá para no obligarnos a mentirle. Sabía que en tan poco tiempo había sido imposible negociar, también que los militares de la zona querían interrogarla con tranquilidad, antes de enviarla a Rangún. De hecho ya habían empezado cuando llegamos.
Ya en la calle y a hombros de un compañero preguntó, casi sin fuerzas, cuántos guardias encontramos.
-Solo uno. Supimos esperar el momento –respondí.
Lo preguntó en su idioma y uno de ellos lo tradujo para que fuera yo quien le respondiera.
-Solo uno...
No fue pregunta sino incredulidad, pero no por el hecho sino por mi presencia. No entendía qué hacía allí. Al principio creo que ni ella sabía dónde estaba, sin embargo, sí que vi su mirada de alegría y confianza cuando entré en la celda. Entonces me reconoció y hasta pensé que no le extrañaba mi presencia.
Delgada y desfallecida, sucia, hambrienta y obnubilada por la somnolencia. Hacía días que no comía ni dormía. La encontramos de rodillas, sobre un suelo de arena lleno de sus detritus, con los brazos en cruz obligados por una madera a todo su largo, con unas cuerdas pendidas del techo alrededor de sus sobacos, para obligarla a mantenerse erguida, y unos aros en las piernas que le impedían cualquier movimiento.
A medio camino la cogí en brazos para que su compañero descansara. Creo que fue entonces cuando empezó a darse cuenta de que era yo, porque me abrazó de una manera muy especial y sentí sus dulces labios en mi cuello, y porque en catalán me preguntó por el bulto que llevábamos.
-No sé, debe ser algo que habrán cogido.
Luego, en un recodo del camino y ya en el 4X4, uno de ellos lo arrastró hasta un rincón del bosque. Nadie dijo nada, seguramente para no soliviantarla, pero entendí, por las señas que me hicieron, que cerca había una familia de leopardos. Y donde hay depredadores, hay carroñeros.
Estuvo un día entero durmiendo. Se levantó para comer, charló un rato conmigo y preguntó por una compañera también detenida, de la que nadie sabía nada y, por lo que entendimos, habría corrido la misma suerte que la otra. Luego se echó y ya no volvió a levantarse hasta la tarde del día siguiente
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-Sabes Popol, después que partieran las rodillas a mi compañera pensé en Biel y en ti, e imaginé que me hacíais el amor. Y pensé, te lo prometo, que si os enterabais de lo que me había pasado vendríais a buscarme. Y temí por vosotros y deseé con todas mis fuerzas que no os avisaran. Habéis tenido suerte de llegar antes que empezaran a torturarme, si no me habríais encontrado hecha un estropicio.
La miro en silencio y observo el vendaje de sus rodillas. No sé lo que para ella es tortura, en todo caso me alegro que hayamos llegado a tiempo, no solo por mí sino también por Artur, que me espera en Bangkok, y por Biel, que lo hace en Rangún por si fallamos. Por Joan y Vicki, que han sufragado parte del viaje y que con un poco de suerte se habrán enterado de nuestro éxito, igual que Mónica y Jep, desesperados frente al ordenador y al lado del teléfono.
Unos extraños monos bajan del árbol. No entiendo que lo hagan a esta hora, ya casi de noche. Se acercan con cuidado, siento que dudan porque no me conocen. Uno de ellos se acerca más, me toca la mano y chilla. Ella me mira y sonríe.
-Creo que ya eres de la familia.
El mono de un salto se sube a su hombro, mientras el médico toma asiento a nuestro lado, satisfecho por haber cortado la infección a tiempo. Antes de marchar le extraerá sangre y se la llevará en una nevera para hacer análisis. Una mujer, que de tan arrugada parece anciana, nos acerca unos platos con arroz y plátanos cocinados al estilo caribeño, y otro lleno de una especie de langosta cocida. El médico coge una y se la lleva a la boca mientras me observa con curiosidad. Yo cojo otra y la saboreo. Cruje y tiene un sabor parecido a la cigala, pero más suave. Y Anna se ríe, no por mí, que ya sabe, sino por su amigo.
-Con Popol podrías perderte en un desierto y no morir de hambre.
Y recuerdo nuestras largas caminatas por las montañas del norte de Pakistán, donde señorea la aridez de la piedra desnuda, a cinco mil metros de altura.
Me sorprende la extraña humanidad de los monos y su egoísta complacencia, tan parecida a la de mi gata. Uno de ellos acerca su boca al oído de Anna. Me hace gracia el gesto de ella, como si hubiera entendido un susurro que ninguno de nosotros ha oído, porque acto seguido coge un plátano y se lo da. Y él lo agarra con una mano y salta hacia la rama más cercana.
-Ve con ojo. Esos monos no son tan amigables como parece. Con Amara lo serían, pero no contigo –Y se ríe por la ocurrencia.
Extraña humanidad, más sincera y previsible que la del ser humano. 
Observo a mi amiga. Parece como si unas lágrimas brotaran de sus ojos. Intenta levantarse y no puede, las rodillas duelen demasiado. Creo que los monos han hecho que recuerde algo, quizá a una de las compañeras que ha perdido.
Es curioso como nuestra conversación está cargada de silencios, como si no hiciera falta hablar, porque ya sabemos, como si las palabras fueran dardos que despertaran el dolor del alma.
-¿Quieres contarme algo?
Ella vuelve a mirar el árbol y sonríe, no con alegría, pero sí con esperanza.
-Todo lo que hacemos sirve para algo. Si vale la pena vivir por nuestros sueños, imagínate lo que es morir, que es más sencillo y llevadero. Lo terrible es hacerlo por nada, vegetar y dejarse llevar por las circunstancias. Y, aún peor, morir con la convicción que no has servido para nada, que tu vida ha sido un vacío.
Y en este momento siento la necesidad de quedarme junto a ella, de vivir plenamente y sin freno. Pero, ¿no lo estoy haciendo ahora mismo? Siento cómo me bulle la sangre, cómo se eriza mi piel. Hoy soy el hombre más feliz del mundo, aun sabiendo que quizá Amara esté esperando noticias, destrozada por haber sido la espoleta de todo lo que puede haber pasado. O tal vez ya las haya recibido, si Artur ha entrado en contacto con quien debía y ha seguido las indicaciones preestablecidas.
-Con el follón que hemos montado, creo que ya no podrás volver a Birmania.
El australiano mira a Anna perplejo. No puede creer lo que acaba de oir. Y ella suelta una risotada.
-¿Dónde crees que estás?
Me encojo de hombros. En este país las fronteras son tan ambiguas como los monos que nos rodean, que no saben ni les importa dónde empiezan y terminan.
-Estamos en Myanmar, muy cerca de la frontera con Laos. Mañana, antes que salga el sol, pasaremos por zona amiga y entraremos en Tailandia.

-Es extraño que no te preguntara.
-Sí que lo hizo, pero solo por amigabilidad, casi para mostrar su agradecimiento sin necesidad de demostrarlo.
La acaricio y me recreo en su nariz, en sus carnosos y sensuales labios, en su barbilla. Y me admiro por su extraña serenidad, tan parecida a la de Anna.

-¿Por qué has venido?
Me giré y la miré con una sonrisa. Aún conserva su belleza, con la delgadez incluso ha ganado en atractivo. Sus ojos, su boca; y su cabello, desordenado como siempre, más largo que antes e igual de rebelde, gris perlado porque no lo tiñe. Echo en falta los divertidos hoyuelos de sus mejillas, que imagino ha perdido por la delgadez.
-No lo sé, supongo que sentí la necesidad. No creas, me costó mucho que no viniera Artur. Es el que ha puesto más dinero en la empresa, incluso el suficiente para pagar un rescate.
Pero ella sabe que Artur es así, que se lanza sin pensar, con la convicción que todo lo puede.
-Podrías haber dejado la vida.
Acaricié su preciosa boca, su garganta y sus pechos; me incorporé lo justo para besarla, sin necesidad de apoyarme demasiado en su maltrecho y desnudo cuerpo. Solo quería rozarla, volver a sentir su piel en contacto con la mía.
-¡Mira quién habla! Por lo que parece, eso es lo que haces cada día.
Y entonces fue ella quien me miró y me sonrió.
-Me amas, en el fondo es eso.
Me reí mucho. Es la primera vez que escucho algo así de ella, la mujer fría e inmune a los sentimientos amorosos.
-Según tú, los hombres no sienten el amor como las mujeres. El macho está preparado para seducir y copular como buen reproductor masivo, en cambio, la hembra necesita la estabilidad para cuidar su nido. Tú eres la excepción y nos convertiste a todos, a ellas en mujeres libres como tú y a nosotros en fieles constructores de nidos. Pero no, no solo es eso. Tú nunca has amado como la mayoría de los humanos. Cuando me amas, en realidad lo haces a mi libertad. Serías capaz de morir por ella y si hoy me tuvieras que llorar, lo harías como Amara y Mónica, con una copa de cava para brindar por mi memoria y por lo que he sacrificado mi vida.
Abandonaste vuestra asociación de maltratadas, porque te hartaste de su cobardía; y aquí encontraste lo que buscabas: gente con más temor de vivir como esclava, que de morir por su libertad, mujeres valerosas como tú, que no se conforman, que estudian, trabajan y pretenden lo que les pertenece.
Es cierto, he venido porque te amo y porque me ha dado la gana, porque Amara, tu amiga hermana amante, me dijo que viniera y que no volviera sin haberte dejado en lugar seguro; porque, sin debernos nada, somos los compañeros de siempre, y abandonarnos ahora y aquí, hubiera sido lo mismo que hacerlo hace tantos años en el Himalaya. Y me quedaría a luchar a tu lado, en parte porque te amo y en parte por lo mismo que tu. Pero ni uno ni otro es suficiente por sí solo, y la suma de los dos no sigue la lógica aritmética. Cuando aterrice en Barcelona me arrepentiré, del mismo modo que si me quedara contigo. Amara lo sabe, incluso que ni ella es suficiente para retenerme. Quizá eso del nido no funcione conmigo, tal vez Joan, Jep y Pierre, incluso Richard; esos que se jactan de no sentirse atados a nada, lo estén mucho más que yo.



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