PIENSAS DIFERENTE, VOTA DIFERENTE

lunes, 30 de julio de 2012

DEGRADACIÓN

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Hace un mes busqué un tejido de punto, sencillo y muy básico, pero con el suficiente colorido. Visité algunas empresas, las más grandes del país. No lo encontré. Lo más parecido podía encontrarlo sólo en los colores más básicos y en caso de querer uno en especial, tendría que esperar a que lo tintaran sin la garantía que quedara bien o tal como lo quería. Al fin pedí una cantidad de metros entre cuatro colores, valía la pena arriesgarse, pensé en aquel momento.
Iluso, mil veces iluso.
Hace un par de días, en una visita a una amiga competidora, vi un muestrario parecido a lo que había buscado con tanto ahínco. Podía contar un mínimo de cuarenta o cincuenta colores. Desconcertado lo cogí para estudiarlo.
-¿Quién demonios fabrica eso? –Inquirí
-No sé, me lo dieron en París, en Francia hay muchos que hacen eso.
Di la vuelta al cartón, ya que en el envés se suele poner el precio y las características técnicas del producto. Algo más barato que el contratado por mí en la fábrica de Mataró.
-Te garantizan el servicio y el color. De hecho disponen del suficiente stock, -me dice preocupada.
Más barato y con servicio inmediato, sin riesgo, sin un mínimo y el color que me plazca.
Y recuerdo hace unos pocos años, cuando podía pasear por Igualada o Mataró sin dejar de oír los telares, ya que no había una manzana sin un tejedor. Recuerdo entrar en cualquier sitio y poder encargar lo que quisiera a un precio más bajo que en París. Y recuerdo cuando unos cientos de metros más lejos, un tintorero te hacía el color que quisieras.
El tejedor de Mataró no es malo y en principio creí que su precio era competitivo. Lo cierto es que no anda muy bien de trabajo, de tal que mi pedido le habrá servido de respiro. No gana lo suficiente y el salario de sus trabajadores ni de lejos se acerca a los del francés.
¿Qué ocurre?
El alquiler, los impuestos de un montón de administraciones distintas, el reciclaje de las sobras, la falta de inversión y la antigüedad de la maquinaria, su falta de preparación empresarial, la imposibilidad de abrirse al exterior por no saber idiomas, la energía más cara... Son tantas las cosas que es imposible corregirlas.
Es el producto de unos cuantos decenios de corrupción y de degradación.

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Mi hijo me llama por el Skype, hablamos de su trabajo, allí donde un gobierno tercermundista ha decidido invertir en investigación. Hablamos de submarinismo, del último título conseguido. Sabe que quiero ayudarlo para montar su propia empresa.
En el país está bien considerado, se reúne periódicamente con profesores, políticos, militares y hoteleros. Lo respetan y hace poco el gobierno local le preparó una sala de conferencias, para que explicara a la población sus logros.
Sabe que le prestaré todo lo que le haga falta para establecerse allí, nunca en España. Aquí ya no sirve ni el turismo, a no ser el cultural en Barcelona.
Un club de inmersión en la costa solo factura lo suficiente los meses de verano. El local es el mismo, los impuestos más elevados, los alquileres más caros, el transporte también, el material es el mismo, los técnicos de mantenimiento son peores y cobran más, el seguro de responsabilidad civil también, la gasolina... Allí el negocio aguanta nueve meses al año como mínimo, y se le respeta y de pasada puede ejercer de investigador de campo. Aquí se le desprecia y tendría que mendigar para encontrar el mismo trabajo, codearse con políticos y policías corruptos, para darles las gracias por dejarle hacer un trabajo que beneficia al país.


Es eso, no lo olvidéis cuando llegue el momento que se nos compare con un africano. Es eso y nos lo hemos ganado a pulso.



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viernes, 27 de julio de 2012

SANGRE, FUEGO Y HORROR

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Siempre que veo una determinada película recuerdo a Mónica.
Ayer llamé a una vieja amiga. Me había encontrado por el Facebook, el maravilloso e inigualable Facebook.
-¿Y Mónica, vendrá? -Preguntó.
Habíamos quedado para vernos la próxima semana.
Unos momentos antes había estado viendo la película, “El desafío de las águilas”.
Mónica, silenciosa, heroica, sólida; y femenina, sobria, fiel, independiente... tanto hay en ella, tanto, que no tengo palabras. Cierto, nunca tengo las suficientes para describirla.
Sentada a un lado, en su rincón, -quizá no fueran tantas las veces, pero tan intensas que es así como la recuerdo- en silencio, con las manos en el regazo y mirándonos fijamente. 
Acciones casi imposibles excepto para ella, arriesgadas, casi suicidas para cualquiera. Recuerdo mirarla a los ojos y ver su asentimiento de cabeza, suave como ella, casi tierno, incluso sensual. No recuerdo que saliera una palabra de su boca, solo el gesto afirmativo de su cabeza, a veces tan imperceptible que solo yo lo veía.
Mónica... silenciosa, grave, inmutable en todo, excepto en el amor y en el sexo.
Mónica... tan brutal como tierna, tan... no, no hay palabras que puedan describirla.
Y se levantaba y marchaba sin que nadie recordara un adiós, aunque tampoco pudiera sentirse despreciado. Y sí, se despedía, pero de manera tan tenue como su cuerpo al moverse, tanto que ni el aire movía, tanto que no parecía abrir la puerta.
Y después sangre, fuego y horror en las calles, en las casas, en el seno de las familias.

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La miro a los ojos, su frondoso y magnífico cabello, su precioso y grácil perfil, su sensual boca... Me enseña sus dibujos, la portada de mi libro, bello como ella; bello, incluso, como la sangre, el fuego y el horror; incluso como la herida de bala que aún acaricio cuando se deja, cuando nos abandonamos.
Por qué, me pregunto, veo y recuerdo belleza en tanto fuego, sangre y horror. Quizá porque siento su fuerza y su poder.
La rubia del desafío de las águilas me recuerda a Mónica, aun siendo tan distinta. Tal vez sea la serenidad que desprende al provocar sangre, fuego y horror.


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jueves, 26 de julio de 2012

UNA NUEVA MASA MONETARIA

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La nueva moneda: real, maravedí, íbero o como se le quiera llamar (nunca peseta) debería tener el mismo valor de salida que el euro para marcar un referente.
La nueva moneda, llamémosle por ahora “Íbero”, un nombre asumible por toda la geografía peninsular, a mi entender debería ser flotante con respecto al Euro, de no ser así perdería la practicidad necesaria, y su cambio debería ser defendido por el regulador, su único agente emisor, a efecto de mantener en lo posible su valor.
En contra de lo mantenido por Schwartz, la nueva moneda no debería servir para ganar competitividad. La competitividad va ligada directamente a la productividad y eso debemos dejarlo a las empresas y al mismo mercado.
Cierto que España entró en el Euro con una peseta sobrevalorada, pero también ha pasado el suficiente tiempo para que tanto los salarios, la inflación y el mismo mercado hayan eliminado esa diferencia. La prueba está en la capacidad exportadora de nuestras grandes empresas, precisamente las que menos pueden escapar de los convenios colectivos y que menos elasticidad tienen en relación al resto. Es nuestra pequeña y mediana empresa la que no exporta, quizá por falta de medios, competitividad tecnológica, preparación empresarial y una descapitalización sobrevenida por ser más beneficioso invertir en productos especulativos que en la propia empresa.
¿Cuántas veces hemos oído decir a un empresario, que había ganado más en la compra venta de un solar o unos pisos, que en un año de trabajo?
La nueva moneda, por tanto, debería servir para crear nuevas empresas y empleo, entre los jóvenes emprendedores o los pequeños empresarios que buscan cómo defender sus empresas, a través de un crédito aprobado sólo después de cumplir unos requisitos de inversión tecnológica o para mejorar la productividad; nunca para salvar algo sin viabilidad o para seguir perdiendo dinero.
Un crédito que solo sirve para pagar antiguos salarios o deudas, es un crédito perdido, a no ser que sirva para cubrir las deudas de las administraciones públicas.

En relación a los pagos del Estado, la nueva moneda solo debería ser utilizada para cubrir la diferencia de salarios, entre lo que el Estado puede pagar en euros sin endeudarse y el salario real que merece el funcionario; para completar los pagos a las administraciones locales y autonómicas, a los de proveedores de obras, de instalaciones, de estudios e informes que no precisen ayuda exterior, etc. Siempre para completar, nunca para acomodarse en la segunda moneda.

La nueva moneda nunca debería perder la excepcionalidad, aunque, a mi modo de ver, tampoco debería desaparecer, ya que siempre podría servir como respuesta a una próxima crisis financiera o de liquidez; aparte de ejercer presión al BCE, que vería menguar su influencia.

La nueva moneda, en caso de no emitirse en metálico perdería su razón de ser y su practicidad. Es más factible, dadas las circunstancias y por su previsible uso, que la primera moneda fuera la electrónica, aunque también está de más y sigo sin encontrarlo apropiado. Creo que existen muchas maneras de evitar el fraude, antes de sacrificar esa tan necesaria practicidad.
El parado que encuentra trabajos eventuales y se mueve por la ciudad, la ama de casa o el pensionista que compra en el mercado, en la panadería; la pequeña compra en el supermercado, el menú del pequeño restaurante, el café, la copa, la cerveza, el periódico y un largo etcétera de pequeñas cosas que mueven miles de millones de producto netamente nacional con mucha mano de obra, aparte de algunos gastos primarios como tasas municipales, aún se pagan en metálico. Coartar este movimiento impediría el uso de la nueva moneda, justamente donde más necesaria es.
En relación al transporte urbano e interurbano, la nueva moneda, excepcionalmente y a tenor de la necesidad, podría servir para reducir el precio de los billetes al mínimo en Euros. La nueva moneda debe servir para abaratar el transporte urbano e interurbano hasta el máximo, de manera que su usuario decida de una vez por todas abandonar el automóvil, que el parado pueda moverse a la busca de un empleo, que el joven pueda desplazarse al instituto o al trabajo con el mínimo gasto. El costo de la operación en la nueva moneda (gasto de mantenimiento, salarios y la adquisición de nuevo material producido en el interior del territorio) podría sufragarse directamente, sin pasar por el bolsillo del usuario. El coste sería ampliamente recuperado por el ahorro energético y de mantenimiento de la vía pública.

Los productos 100% de importación solo deberían ser pagados en Euros, tal como los carburantes, los productos de alimentación exóticos o fuera de temporada, los viajes, los billetes de avión, el material electrónico, etc.
Si mantenemos la dualidad y la necesidad del Euro para adquirir ciertos productos, conseguiremos que esos pequeños productores lo busquen, aparte de para su consumo, para proveerse de material importado, que de otra manera no podrían adquirir.

¿Se puede mantener un sistema con dos monedas paralelas de igual valor?
Difícilmente si la interna la hacemos convertible, ya que, tanto el productor como el consumidor tenderá a buscar la externa para adquirir todo tipo de productos, por lo que posiblemente se devaluaría. Y de no hacerla convertible, no pasaría de ser una moneda secundaria, que la mayoría también terminaría rechazando. Pero si el Estado tiene el cuidado de emitirla a tenor del producto y del crecimiento, y la hace de obligado uso para algunos servicios, para pagar tasas y algunos impuestos, y, así mismo, obliga a aceptarla a los comercios de productos de mercado, posiblemente mantendría su valor. En caso contrario y en que los productos nacionales no pudieran, por falta de suficiencia, abastecer tanta población, el Estado debería imponer cupos de cambio, forzando así la productividad interna y la devaluación por el previsible mercado negro. El Estado debería forzar el pago de las hipotecas en íberos, con una pequeña subvención en euros por parte del Estado. Por un lado conseguiríamos vender las viviendas vacías, por otro la banca aceptaría gustosa emitir hipotecas y rebajar los precios a cambio de recibir euros de subvención, y, por último, los que quisieran comprarlas, extranjeros o nacionales, se verían obligados a comprar íberos en el BE.

Es arriesgado, qué duda cabe, pero vale la pena probarlo, ya que muy posiblemente el paro bajaría y aumentaría la producción interna y, por ende, el valor de la moneda se mantendría.
Todas las empresas, incluso las más pequeñas, necesitan componentes o materias primas llegadas del extranjero para poder fabricar sus productos. Por eso mismo necesitamos una moneda segura, convertible y sin apenas comisión en el cambio.

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-Hoy, por poner un ejemplo, mi hijo y mi nuera, biólogos con dos másteres cada uno, submarinistas, alpinistas, espeleólogos y un largo etcétera, trabajan para el gobierno de Cabo Verde como biólogos. Mi primera intención es conseguir que se establezcan como submarinistas en el país, a poder ser con su propia escuela y club de inmersión. Para ello estoy dispuesto a invertir los euros que tengo, ya que no puedo pedir un crédito. En Cabo Verde tienen futuro, sin embargo, en España no. Pero imaginemos que dispusiera de crédito en íberos y que conozco grandes mayoristas de frutas, con excedentes que desechan porque no saben qué hacer con ellos. Lo primero que haría es proponer a mi hijo crear una pequeña industria de mermelada, de helado, de zumos… que podría comercializar, por ejemplo, en los mercados municipales, donde existen multitud de paradas sin uso.
¿Qué conseguiríamos con eso?
Evitar que emigren dos elementos altamente preparados, crear una nueva industria a partir de un producto nacional de futuro incierto e infravalorado, crear nuevos puestos de trabajo y potenciar una previsible empresa exportadora o, como mínimo, evitar que este producto se adquiera en el extranjero, y, por último, explotar la infraestructura municipal.
¿Qué se necesitaría para crearla?
Un crédito en íberos para el alquiler, el material, etc. y esos pocos miles de euros que dispongo para comprar una parte de la maquinaria.
¿Cuántos economistas que hoy están sin trabajo, que hacen de repartidores o emigran en busca de dignidad, podrían dedicar su esfuerzo y sabiduría en crear empresas de gestión, que organicen otras, como la descrita antes, para facilitarles la expansión al extranjero?
¿Qué necesitan?
Nuevas empresas sin complejos ni prejuicios, regidas y montadas por gente joven y preparada, y dinero. Pero... qué dinero. Si lo analizamos, sólo una cantidad limitada de euros y un crédito en íberos.-


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martes, 24 de julio de 2012

A MUCHO MEJOR

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Ayer, una amiga sabia y triunfadora me preguntó por quinta o sexta vez en pocos meses, cómo veo el asunto.
-Bien -le respondí –por lo menos mucho mejor que hace muchos años, cuando la gente temía a la guerra fría y el subnormal de Reagan andaba con su guerrita de las galaxias –ahora, que el Hubble nos enseña mejor el cosmos, eso de la guerra de las galaxias suena a filmoteca pasada de rosca-
La guerra de las galaxias solo sirvió para destapar la podredumbre del régimen soviético, que no dejaba de ser el reflejo de nuestros vicios, nada más; porque, ya entonces, un cohete norteamericano sin la tecnología nipona, no pasaba de la estratosfera. Ahora, mira por dónde, el ordenador de a bordo de una nave americana, precisa un montón de piezas de alta tecnología china.
Lo cierto es que, mientras a los norteamericanos les habría salido más rentable que Reagan se hubiera quedado con sus pelis de malo barato, al resto del mundo la cosa le ha ido de perlas.
A los occidentales el cambio nos saldrá caro, a unos más que a otros y a los españoles, en particular, mucho más que a la mayoría, porque ni somos europeos ni dejamos de serlo, y eso no suele salir bien que digamos.
El mundo ha cambiado, aunque en España, que como en todo llega tarde, se dice que está cambiando. China y la revolución de la comunicación han puesto al mundo patas arriba, y lo que antes servía como bueno, ahora es malo. China, que en realidad es el paradigma de la sociedad emergente, ha conseguido que la tierra de cultivo, los medios y el trabajo, tengan más importancia que la manipulación del dinero.
Ahora, por mucho que algunos digan o hablen de especulación, lo importante es cosechar trigo o extraer hierro y disponer del dinero para comprarlo, fabricar harina o acero y trabajar para convertirlos en bienes manufacturados. Algunos occidentales lo descubrieron a tiempo y adaptaron sus sociedades para el desafío, con la convicción que ya nada sería como antes; otros utilizaron la estrategia del avestruz y prefirieron no darse por enterados.
-El mundo ha cambiado, Cris. Si no me equivoco y el occidental no se vuelve loco, habrá menos guerras y los bienes se repartirán mejor entre las distintas sociedades del planeta. Algunos, como nosotros, sufrirán por su estupidez y su cobardía, mientras el mundo global prosperará. Sin embargo, si el occidental se vuelve loco y sigue a sus fantasmas, si prefiere escuchar a sus voceros ultracristianos, que cantan sobre la supremacía de su dios y de su cultura-religión, será barrido por una ola de destrucción sin igual.
Y Cris, la Hache de mi historia-novela, afirma con la cabeza. Ha visto y vivido mucho, lo suficiente para darse cuenta que es posible que no me equivoque, y con eso tiene bastante.


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miércoles, 18 de julio de 2012

UN APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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El blues de Amara algún día terminará, supongo que en el momento que edite mi segundo libro, o cuando empiece a escribir esta parte de la historia para publicarla. Entonces habrán pasado tantos años que ya nada tendrá importancia.
El blues de Amara sigue siendo la historia de un hombre corriente, la de un tipo afortunado, incluso en el amor de una mujer extrema en todo, de inaudita y equilibrada inteligencia, de belleza y sexualidad tan extrañas como extraordinarias, y con un espíritu que le obligaba a actuar con una pasión desenfrenada y, a la vez, cerebral.
¿Intuición o pericia? Me pregunto ahora, cuando la cuido y recuerdo nuestra historia, tan extraña y extrema como ella.
Nadie que la conociera aquellos primeros días, taciturna, silenciosa y amagando su físico y su belleza, como si temiera descubrirlos, podía imaginar quién era, ni siquiera el más inteligente de mis amigos. Una mujer extraña, que en el trabajo abría su auténtico espíritu, humana, divertida y extrovertida; porque, según ella, era en el único lugar donde se le trataba como merecía.
¿Intuición o pericia? Lo primero, por supuesto, y también mi afición al riesgo. Porque, como bien dijo Anna, Amara era distinta a todo lo conocido y me hubiese causado mucho dolor perderla, tanto que nunca me habría recuperado.
Has de estar a su altura Popol, me decía a mí mismo constantemente.

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-No puedes imaginar lo difícil que es seguirte -me dijo abrazada a mi cuerpo y con un cabo enrollado a su cintura, cuando todavía no podía asumir por completo mi manera de vivir y de ser, y cómo me enfrentaba a lo desconocido.
Antes de conocerme padecía vértigo, no podía soportar los espacios pequeños y cerrados, temía a los monstruos imaginarios y a la magia, al abismo del mar y al precipicio. Y pasamos muchas noches, solos en nuestra solitaria casa del Pirineo, abandonada entre negras y agrestes montañas, cuando a media noche se escuchaban lamentos y las puertas se abrían y cerraban con el chirrido de sus bisagras, en la que yo jugaba con los espíritus, hasta cansarlos para que durmieran tranquilos. Y bajamos con cuerdas por profundos acantilados para, según yo, bañarnos desnudos en lugares donde el agua era especial y maravillosa. Y le hice dormir encerrada en el pequeño camarote parecido a un nicho, sin siquiera un ventanuco, en el barco y con el mar rugiendo a su alrededor, sin costa a la vista, solo mar y más mar.
Y me contó que no se atrevía a hablar de eso con mis amigas.
-Te quieren a ti, yo soy una extraña para ellas. Solo Jep es capaz de escucharme y cuando le hablé sobre mi problema, respondió que te perdería si no era capaz de seguirte.
La abracé con fuerza. Un rato antes, con él en el timón y un mar de mil demonios, la había encontrado con los ojos cerrados y los labios prietos.
-¿Qué te pasa? –Le pregunté mientras la abrazaba por su desnudo hombro.
-Tengo miedo a la muerte, siempre lo he tenido.
Ni una lágrima asomaba por sus ojos. Lloraba, pero sordamente, a escondidas del hombre que amaba, temerosa de ser descubierta en falta. La senté a mi lado, con el mástil a nuestra espalda y el tormentín hinchado al frente. La quilla se hundía en el mar, como si de un cuchillo se tratara, para salir al encuentro de un muro de agua. Y, abrazados, hablamos de la vida y de la muerte, que son partes de una misma cosa, de cómo nos enfrentamos a ella y cómo algunos la desafiamos. Y le conté mi historia en la nieve con Artur y cómo me rescataron en el último momento. Y lo que había visto y sentido cuando tuve que rescatar a otros con distinta fortuna. Y le hablé de Anna y de Cachemira, de la escuela bombardeada y de la niña muriéndose suavemente en mis brazos. Y de Sebas, de su pasión por el mar y la montaña, de su muerte por leucemia. Y de Jordi y el Ala Delta, de cómo encontró la muerte cuando menos lo esperaba. Y también de la belleza del mar y de su naturaleza, cómo a veces me sentía pez y hombre a un mismo tiempo, cómo jugaba con las olas y la corriente en los rompientes, sin hacer esfuerzo ni resistirme; y del aire y de la montaña; y de los hombres que matan, de sus ambiciones y rabias. Pero no de mi terrible experiencia en Perú, cuando descubrí lo poco que puede valer una vida y a mi propia naturaleza.

Y no sé si fue por eso, los gritos de emoción de Jep, al enfrentar la pequeña nave al embravecido mar, o la belleza de Mónica, sentada como mascarón en la proa, desnuda, espléndida y desafiante. No estoy seguro, pero creo recordar que a partir de entonces seguirme dejó de ser un problema, mientras que seguirla se convirtió en un desafío mucho más intenso que el mar, el aire, la montaña y hasta la rabia y la ambición de los hombres que matan.


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martes, 17 de julio de 2012

UN APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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-¿Con cuántas mujeres te has acostado?
Está a mi lado, con la cabeza recostada sobre mi pecho. Le acaricio la espalda hasta la rabadilla y se estremece, gime, levanta los ojos y me observa insaciable, terriblemente insaciable, tanto que igual me asusta que me satisface.
-Responde –reclama con intransigencia.
Me río, no puedo hacer otra cosa.
-Estoy pensando.
-¿Tantas?
No, no son tantas, el problema es que nunca se me ocurrió contarlas, ni tengo interés en decírselo. No recuerdo qué le respondí, seguramente inventaría un número o quizá me hartara y respondiera con una invectiva. Tiempo después, ya marcada definitivamente por la enfermedad, volvió a preguntármelo. Pero entonces me reí con ganas, sin fingir. Le podría haber respondido, que con tantas como ella o infinidad menos si contaba a sus amantes masculinos. Y ella, cómo no, hubiese dicho que no es lo mismo.
Pero entonces, por mucho que ya viviéramos juntos, todavía no me conocía y podía imaginar cualquier cosa menos la realidad. La vida que llevaba parecía más la de un libertino que la de un tipo delicado en ese tipo de temas.
Recuerdo que entonces me disgustó su descaro. Me preguntó por algo que sabía que yo nunca le preguntaría, que achaqué a su juventud y a su inseguridad. Pero también que me sorprendió con su respuesta, tan inesperada como enorgullecedora para mí en aquel momento, después de exclamarme, que, fueran las que fueran, a su edad no llegaba ni a la cuarta parte de ella.
-No es lo mismo. Yo por amor solo me acuesto con Jep y contigo, con el resto es y ha sido distinto. Tú eres incapaz de hacer el sexo por solo el físico o la diversión y aún menos por compasión. ¿A cuántas mujeres has amado Popol, aparte de a Anna, a Mónica y a mí?
Y no supe qué responderle, porque en aquel momento yo tampoco había sentido amor por todas mis amantes sino una fuerte empatía, igual que ella más adelante por Joan, Biel, Pere y tantos otros y otras, que ni siquiera puede enumerar. Y tampoco se acostaba solo por amor con Jep y conmigo. Su respuesta a las fantasías y morbosidades que experimentábamos demostraban el deseo de puro sexo.

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-¿Qué hacíais con ellos? –Pregunté un día a Mónica, cuando ella y uno de los dos amigos ya habían abandonado  la relación, aún no sé si por curiosidad o para saber si todavía podía mantener el control de nuestras vidas.
-De todo.
De todo puede ser mucho o bastante, podría ser cualquier cosa. De Mónica poco más podía esperar. Amara es más explícita, pero necesita su tiempo. Te cuenta la historia se lo pidas o no; lo necesita, y puede tardar uno o varios años, a párrafo por día o por semana, da lo mismo.
-Igual que con vosotros -respondió en un primer momento. Una semana más tarde empezó a entrar en detalles y entendí; para ella era un divertido juego con un tipo que lo merecía, que se había convertido en más que un amante, en un amigo con el que compartía historias, sensibilidades y desafíos que yo no podía soñar. Me contó lo que hacía, cómo jugaba y las fantasías que le procuraba, poco a poco, como si se diera cuenta que había llegado demasiado lejos, tanto que no había retorno. Y entre línea y línea entendí su complicidad, lo que sentía; pero también que había percibido la debilidad del héroe y sus limitaciones. Y descubrí que ya no tenía nada que temer, que había ganado la apuesta al apoyarla y casi obligarla a ser lo que siempre había soñado.

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-Algunos de nosotros valoramos la vida de otra manera, quizá tu lo entiendas, que la has manipulado, que has sentido como escapaba, que la has quitado o has luchado por la de otros. Algunos de nosotros hemos visto y vivido el horror, el pavor y la felicidad; hemos aprendido a tratarlos como a un compañero de viaje. Y entre nosotros la complicidad que se forma supera lo imaginable, tanto que en privado podemos, incluso, desprendernos de nuestros escudos más íntimos, aquellos que ni siquiera los descubres al compañero; y abrir nuestro espíritu sin ningún complejo, amar, desear y llorar sin vergüenza. Él es así y yo también, y Mónica y tu también, aunque no seáis de los nuestros.

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Aún recuerdo aquella noche en el barco, con Mónica y los dos madrileños, jugadores de balonmano, cuando entre todos la convencimos que podía ser lo que más había soñado, ser médico. Recuerdo cuando, a nuestra vuelta, la obligué a pedir una excedencia para empezar sus estudios, cuando la apoyé y casi forcé a que se matriculara; y su resistencia a perder la independencia económica y depender de un tipo al que apenas conocía, con amigas amantes que la superaban. Y también el aviso de Anna.
-Amara es distinta a todo lo que hayas conocido. Cuando sea ella misma, si no estás a su altura la perderás como compañera.
Nos arriesgamos y valió la pena.


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viernes, 13 de julio de 2012

UN APUNTE PARA EL BLUES DE AMARA

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Las encontramos donde nos habían dicho, en la pequeña playa del port de l’Alger. Mónica baila desnuda de cintura para arriba con un tipo al que no conocemos, justo al borde del agua, donde las piedras dejan paso a la arena. La gente se divierte, baila o charla distendidamente sentada por la playa. A un lado, un conjunto toca sobre una tarima de madera. Cerca, sobre otra más pequeña, Amara baila con los ojos cerrados, ajena a todo su alrededor, incluso a las pasiones que levanta. Vemos como levanta los brazos, hasta que caen rendidos sobre su cabeza. La camisa abierta, esta vez casualmente, con la consabida carga erótica que provoca. Unos tipos algo mayores que nosotros reclaman su atención, hace rato que, divertidos, siguen sus movimientos; le piden que baje con el resto de los mortales, quieren bailar con ella. Despierta de su ensoñación y con una risa se ata los extremos de la blusa. Jep y yo nos miramos. Curiosamente su desnudez y su gran sexualidad se disimulaban más con la camisa abierta. Los tipos insisten, parece que la conocen, porque la tratan con mucha familiaridad y cariño. Baja de la tarima con la ayuda de uno de ellos, que no tiene reparo en abrazarla y besarla. Mónica se acerca, ya con todo el bañador, mojada porque acaba de bañarse, la música ha cambiado y no es de su agrado. El tipo que anda a su lado va vestido como el resto de sus amigos, con tejanos y una camisa de manga larga. Nos sorprende el contraste. Jep y yo nos sentamos en el pretil que defiende la entrada de la playa, quizá por eso Mónica nos ve y nos saluda levantando la mano.
Son las fiestas del pueblo, que a veces coinciden con el once de septiembre. De día, regatas y fiestas para los más jóvenes del pueblo; de noche, conciertos y baile. Hace calor y la gente se ha bañado hasta tarde, mientras Jep y yo nos hemos dedicado a lanzar trampas al agua para pescar algún congrio, a limpiar el barco y prepararlo para la pequeña travesía. Mañana saldremos pronto, para aprovechar el puente y la tramontana, nos dirigiremos a Menorca, daremos la vuelta a la isla bañándonos en las preciosas calas y volveremos el martes, que es once, para el doce estar en el trabajo.
Las chicas vuelven a bailar, esta vez en compañía de dos de los cuatro amigos; y Jep y yo nos acomodamos y charlamos de lo que más nos gusta: del hombre, de la vida, del mar, de la naturaleza y del arte, mientras nos recreamos en la belleza y sexualidad de nuestras compañeras, tan distintas y parejas a un mismo tiempo. Mónica baila como le gusta, abrazada al hombre por rápida que sea la música; y Amara distante, jugando con el movimiento de su increíble y sensual cuerpo, como si absorbiera al compañero sin necesidad de tocarlo.
-Somos unos tipos afortunados.
No recuerdo quién lo dijo, si él o yo. No era la primera vez.  ¿Cuántas veces habíamos repetido esta frase? Innumerables.
Somos afortunados por tener como amantes a las mujeres más bellas, libres, generosas y solidarias que hombre alguno puede soñar.
No sé cuánto tiempo llevamos. Dejan de bailar, hablan, se nota que bromean. Ellos las invitan a pasar la noche juntos, a cenar. Mónica levanta la mano y nos señala, Amara nos ve y también nos saluda. Hace un gesto con la mano para que nos unamos al grupo. Los tipos nos miran, los saludamos sin hacer el gesto de bajar y responden con una educada sonrisa. No parecen tensos, pero sí algo asombrados y un poco turbados por la situación.
Jep me da un codazo.
-Vámonos. Es mejor no presionarlas.
No, no nos vamos. Son suficientemente libres con o sin nosotros. Irnos sería coaccionarlas a que se queden con ellos.
Amara abraza a su compañero, le acaricia el pecho y lo besa en la boca. Mónica hace lo mismo pero sin tanta ternura. Son ellas, con su particular y maravillosa manera de ser y su naturalidad. Se despiden y los dos tipos vuelven a saludarnos, esta vez con elegancia.
Son tal, nos dice Amara, sus dos amigos y famosos cirujanos. De vez en cuando salen con ellos, al teatro o a un concierto. Suelen volver al día siguiente y nosotros nunca preguntamos, somos incapaces de eso.
Ha sido una casualidad, sabían que tenían un amigo en Cadaqués y que solían visitarlo con sus compañeras, pero encontrarlos sin ellas no lo esperaban.
Unos días antes me había hablado de ellos, de cómo entablaron esa amistad y se convirtió en algo más, en que la confianza mutua, la discreción y la empatía fueron determinantes. Una relación que empezó con un encuentro casual en una pinacoteca. Y cómo se abrieron más coincidencias, esta vez intelectuales e ideológicas. Dos tipos maduros, inteligentes y de gran éxito, con dos chicas jóvenes, bellísimas y sin prejuicios, que los trataban de igual a igual, que podían seguirles en cualquier conversación sin sentirse cohibidas.
-Ellos se desestresan y nosotras lo pasamos bien –me explicó, sin atreverse a confesar que se sentía más identificada con ellos que con nosotros y que su conversación le llenaba más. No, no se atrevió ni hizo falta. Al poco de conocerla y después de nuestra brutal luna de miel, fui consciente que, de conseguir su sueño, podía perderla. Luego, cuando Mónica empezó a cansarse de la relación, empezó a salir con solo uno, el que más había admirado cuando para ella ser médico no pasaba de ser una ensoñación.
-Me siento bien con él –me dijo un día, cuando descubrí que ya no había sexo entre ellos sino una fuerte amistad y camaradería, y, sobre todo, complicidad.

Cenamos en el pequeño restaurante de un amigo, ellas vigilantes por si aparecen, ya que el lugar es muy de su estilo. Embarcamos sin saber qué nos deparará la noche, si nos acostaremos como solemos, Amara con Jep y yo con Mónica o al revés. Con ellas todo es posible y en el barco aún más, ya que lo que más les divierte es pasarlo bien con los dos y, entre risas y jocosos comentarios, cambiar constantemente de camarote y de macho.


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miércoles, 11 de julio de 2012

POR FIN, EL PRINCIPIO DEL FIN


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Eso es el principio del fin. Es posible que el ejecutivo piense que así la prima de riesgo bajará, quizá también piense que ahora la alemana va a invertir el ahorro de los alemanitos en España e Italia. Son tan rematadamente estúpidos que hasta es posible que lo crean. No saben que ni juntando el ahorro de todos los alemanitos pueden salvar a uno de los dos países, y lo seguro es que el BCE no pondrá la rotativa en marcha, porque eso significaría el fin del euro tal como ahora lo conocemos.
¿Qué pasará cuando dentro de tres o cuatro días el ejecutivo descubra que la prima de riesgo no baja y que nadie de fuera compra deuda? ¿Qué pasará? ¿A quién echará la culpa?
¿Qué pasará cuando un día de esos vayamos al banco a buscar euros y nos den un vale? ¿Qué pasará?
Quizá entonces el españolito despierte de una puta vez de su ensueño y salga a la calle y corte a rodajas algunos cuellos, quizá; pero ya será demasiado tarde.
 

En fin... que cada uno tiene lo que se merece.


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martes, 10 de julio de 2012

RETAZOS


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-Es Helen, ¿la recuerdas?
Hago un esfuerzo. Siento sus miradas, la de él con media sonrisa, la de ella con reserva.
Alta, delgada y fuerte de apariencia, el cabello largo y plateado y el rostro excesivamente apergaminado. Viste con sencillez, unos tejanos ajustados y una camisa hindú de algodón; calza unas alpargatas muy bonitas, con cordones hasta media pantorrilla. No lleva joyas, ni siquiera pendientes, típico en una gran deportista. Su reloj es sencillo pero bueno. Me gusta, su forma de vestir no hace para su edad, sin embargo, le sienta bien.
-¿Helen?... No recuerdo.
Estoy desolado. Me fastidia esa afición de algunas mujeres en ponerte en un compromiso. No es el caso, no es ella quien ha provocado la incomodidad y se le nota. A veces, el lado femenino de Artur me desespera, aunque debo reconocer que ha sido necesario y que lo hace para marcar una superioridad.
-Los años no pasan en balde –responde riéndose. Y ahora sí la recuerdo, por el sonido de la risa y su manera de hablar, tan característica y dulce, tan inopinadamente extraña para su forma de ser.
Artur se mueve cómodo, es su casa y la fiesta de su sexagésimo aniversario. Yo tengo cincuenta y nueve y de ella no sé la edad, nunca se lo pregunté.
Charlamos y bailamos cerca de una hoguera, a nuestro alrededor la gente baila sola, se ríe o charla, sentada en el suelo con las piernas cruzadas. A un lado del jardín un conjunto musical toca rock, cerca de él alguien ha instalado un tinglado donde se sirven mojitos y caipiriñas. Y, por donde vaya, encuentro carne de cordero a la parrilla, ensaladas y fuegos artificiales. Artur nació una noche de Sant Joan.
-¿Todavía sigues con la plancha?
No, ya no, ahora solo lo hace de vez en cuando y cuando sale con el barco de unos amigos.
-Y tú, ¿todavía te lanzas desde los acantilados? –Pregunta con su típica y dulce voz.
Y respondo que ya no, que eso eran cosas de juventud. Prefiero dejarlo así y no contarle que el año anterior todavía escalé por un alto risco, ante la perplejidad de unos jóvenes, y me lancé a agua como siempre, después de recrearme con el rocoso y árido paisaje del interior.
Bailamos y durante un instante siento su mirada de deseo y la de haber percibido la mía de compasión. Por mucho tiempo pasado, sigo siendo el mismo hombre tranquilo y frío.
-Has mejorado con los años.
Y no sé si lo dice como cumplido o si antes no era de su agrado. Entonces tendría veintidós o veintitrés y, aunque admirara su cuerpo, su personalidad y su sexo, mi sentimiento estaba sobradamente satisfecho por Anna y por Mónica, y quizá hasta por María. Mi sentimiento digo, porque pocas veces he ido sobrado en deseo, excepto con Mónica y mucho después con Amara.

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Fascistas franceses e italianos, huidos de sus países, que espiaban para quien les malpagara con droga, y dueños de sofisticados bares y restaurantes. Y la gauche divine, la sacré y la merdique, divagando entre nubes de hachis afgano o cachemir, mientras espiaban a cuenta del partido. Y los pasajeros, que deambulaban entre las dos aguas y lo hacían para alguien que no conocían ni les importaba, pero que yo intuía. Editores que no editaban, escritores que no escribían y pintores que no pintaban; unos con mucho dinero, otros con poco, pero todos con mucha droga.
Para mí se había convertido en un deporte, las prácticas de mi adiestramiento, seguir a esos tipos sin que se dieran cuenta o sin que le dieran importancia, porque de mí nunca se escondían.
-Voy a Barcelona, ¿te llevo? ¿Dónde te dejo?
-Aquí mismo.
-¡Anda ya! Si quieres te acerco. Ya no me viene de unos kilómetros.
Y los dejaba lo más cerca posible del lugar, me fijaba en la dirección que tomaban y aparcaba en la esquina para asegurarme. Y entonces los notaba vigilantes pero despreocupados, siguiendo el imprescindible protocolo con desgana. Y eso los delataba. Para ellos era imposible que alguien los hubiera seguido, lo habían controlado desde el asiento del pasajero. No podían imaginar que estaba a su lado, el chico joven e inofensivo del 2CV, hablando de pureza, de libertad y del mar durante el viaje. Y entraban en la oficina de unos laboratorios, de un editor o de una agencia, siempre extranjeros. Y famosos e independientes periodistas de vacaciones en el maravilloso pueblo, después de un trabajo en Vietnam, en Palestina, en Pakistán; articulistas demasiado bien pagados por la tirada de quien los contrataba. Y el mando de la Guardia civil, que lo sabía todo, que los conocía a todos, que se reía de todos sin necesidad de expresar su contento.
Luego, el día de la reunión, pasaba el informe a Tomás, que lo leía entre asombrado y perplejo.
-Te has convertido en el espía perfecto –me dijo un día entre risas, sin embargo, supe apreciar la verdad en su mirada.
El espía perfecto porque solo informaba. No opinaba, no porque no pudiera sino porque prefería no pensar, ni en la razón de cada uno.
Yo, un hippie perdido, amante del mar y degenerado en apariencia, amigo de Artur y conocido por todos, desde el traficante más importante hasta el consumidor más pobre y pequeño, pero ninguno sentía recelo, ni siquiera el mando, con el que a veces charlaba en el Hostal, junto las fotografías de Dalí y un gin-tónic en la mano.
-Un hippie niño de papa supongo –me dijo el primer día con indisimulado desdén, sorprendido por mi ligereza y por dejar que se acercara sin apreciar incomodidad.
Y se reía abiertamente al escuchar mis historias. Era con el único que lo hacía, asombrado por haber descubierto, según él, a un hippie auténtico que además no lo parecía.
-¿Qué hace un tipo como tú en un lugar como este, donde todos simulan lo que no son, incluso los que llegan con una mochila, piojos, pelo largo y duermen en la calle? –Me preguntó cuando ya creyó conocerme, supongo que para dar constancia en sus informes, que debía redactar de noche en su lúgubre despacho.
¿Qué le respondí? Ahora no recuerdo, pero seguro que la inofensiva verdad.
Me bañaba en las pequeñas calas, sumergiéndome más y más en busca de aquellos maravillosos tesoros naturales y alguna que otra ostra. Deambulaba por las calles bailando en los bares, después de haber nadado a la luz de la luna en alguna de las playas del pueblo, desnudo y sin importarme nada ni nadie. Y cada lunes, cargado con los brazaletes, los collares y la artesanía fabricados en mi comuna, salía hacia las poblaciones de la costa para repartir o vender nuestro producto. Y los miércoles llegaba a casa, moreno, satisfecho y con ganas de pasar unos días con mi nueva familia.

Y la rubia, de belleza espectacular e insultante, atlética, a la que todos deseaban, tanto el fascista como el falso izquierdista, y los editores que no editaban, los escritores que no escribían y los pintores que no pintaban. Todos iban locos tras ella y, con la boca pequeña y en privado, se pavoneaban de habérsela tirado, cuando todos sabíamos que ni en su cabeza ni en su sexo había cresta suficiente para hacerlo.
Por la mañana podíamos verla con su grupo de amigos, vestida con el traje de neopreno, navegando y saltando las olas con su tabla. Y si soplaba la tramontana o el llevant, salía con su compañero, un tipo fuerte, tranquilo y tan seguro de sí mismo, que parecía no alterarse nunca, a alta mar, hasta más allá del Cap de Creus o de Montjoy. Y todos, desde el primero hasta el último, la seguían con los ojos desde la terraza del Marítim, simulando mirar para otro lado, con tanta impotencia como desolación.

Me lancé desde lo más alto, seguro por conocer el lugar y las puntiagudas rocas escondidas tras la espuma, después de haber escalado una pared casi imposible, desnudo y libre. No la vi, me creía solo, ella descansaba echada tras unas rocas, con el bañador de neopreno secándose al sol. Nadé mar adentro dándole la espalda, sumergido para atravesar las olas y sentir su poderosa fuerza en mi cuerpo, abandonándome luego a la corriente. Me fascina sentir como el reflujo me escupe, antes de estrellarme contra las rocas, sumergirme entre bandadas de lubinas y hacer cabriolas y requiebros con ellas, sentirme pez o hasta viejo madero, que cuando piensas que chocará contra el acantilado, el mar lo aleja en el último momento.
Estaba justo frente a mí, incorporada para observar mi flirteo con las rocas. Me saludó con una sonrisa y alargó la mano para ayudarme a subir.
-¿Eres el amigo de Artur, verdad?
Sonreí. En el pueblo todos me conocían excepto ella y su peculiar grupo. La miré sin ningún reparo, su bella desnudez lo merecía. No le pasó desapercibido y me correspondió de la misma manera, sin esconderse. Una bella y sutil manera de piropearse. Parecía dos o tres años mayor que yo, pero podría ser una falsa percepción, porque yo por mi físico también podría tener más edad. Charlamos y buscamos amigos comunes, nos reímos de la misma gente y nos descubrimos gustos e inquietudes parecidas. Y nos despedimos.
-Nos vemos en el Marítim.
Hicimos amistad, nos reíamos y hasta bailábamos en el Hostal, entre las nubes de hachís y el ambiente más transgresor, ante la perpleja mirada de los editores que no editaban, los escritores que no escribían y los pintores que no pintaban; y la indolente del mando, aunque incapaz de esconder su satisfacción.
Le di confianza, se sentía segura conmigo, un tipo que, aun admirador de su belleza, no pretendía seducirla. Su compañero no era tal sino solo un amigo. Se lo tiraba, pero más por costumbre que por deseo, cosa habitual en aquellos tiempos.
Dos veranos, creo recordar, y una fugaz pero intensa amistad. Y ya ningún editor que no editaba, escritor que no escribía y pintor que no pintaba, osó acercar su boca a mi oído para pavonearse de lo que no podía.

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Bailamos abrazados mientras la gente salta la hoguera y canta canciones brasileñas y marroquíes.
-¿Te acuerdas cuando todos creían que nos acostábamos? -Me pregunta con una risa, mientras siento su poderoso abrazo. Y ahora, en ese momento, siento como entra el deseo y me abandona la compasión.

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martes, 3 de julio de 2012

UNA BELLA TORTURA

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-No vendré a despedirte.
Eso me dice, justo unos minutos antes de que salga mi expedición, dos desvencijados Toyotas, uno de ellos sin puertas.
El camino es infernal, selvático, húmedo… lo observo con desdén, estoy acostumbrado a situaciones peores y ella lo sabe. Ya pocas cosas me importan, me emocionan; sin embargo, me encanto observando las bajas copas de los árboles, o quizá debería hablar de altísimos arbustos, ya que su frondosidad empieza casi a partir del suelo. Agua, mucha agua, mosquitos y enfermedades, es ahí donde la dejo.
Pienso en Amara, en Mónica. Llevo menos de una semana en este lugar y ya deseo verlas, a la una para amarla y darle el parte de lo visto y vivido, a la otra para lo mismo, pero en el orden inverso. Y, sin embargo, sé que sigo enamorado de la mujer que dejo tras mío, a la mujer que posiblemente le haya salvado la vida en la acción más rápida y exitosa de toda mi vida.
En Bangkok me espera Artur, Alvar o quien sea, porque ya no sé si vale la pena seguir con esa tontería de la simulación. Me preguntará porqué no viene a despedirse, o quizá no, quizá no pregunte porque la conoce casi tan bien como yo.
Miro para atrás y allí está, levantando los dos brazos como despedida, alta y delgada, bella como siempre, igual de fuerte que el primer día que la conocí.
Si no fuera por Amara, si no fuera por ella, por la mujer absoluta…
Me despide como la amante negra a Kurtz, con los brazos en alto, bella, fuerte y altiva.

No sé inventar, aborrezco la mentira. Me gusta contar la verdad, aunque sea de mil formas distintas, porque la verdad tiene multitud de ellas. Un escritor no necesita inventar, solo con mirar a su alrededor tiene bastante. Las historias inventadas adolecen de legitimidad, flaquean. Robinson es lo que es, una ficción; sin embargo, Marlow parece contar algo real, casi una experiencia que marcó su vida.
¡OH! Vaya, no es Marlow sino Conrad quien cuenta esa historia.
Marlow también odia la mentira, es un hombre de la vida, que ha aprendido a valorar lo real, lo auténtico. Estoy seguro que sus amigos son gente de la calle, con sus pequeñas historias, que se hacen grandes al contarlas; antiguos chavales, leales amigos con divertidas aventuras y pecados inconfesables. Algunos marcharon de sus casas siendo casi niños, otros se quedaron y se convirtieron en el sostén de la familia.

Recuerdo despreciar a mi hermana por soportar lo insoportable, cuando yo, con un hatillo y poco más, abandoné la casa y su seguridad. Y ahora que acabo de enterrar a mis padres, descubro su gran sacrificio, ya que sin ella ni siquiera podría hablar de mi antigua familia, de sus fotos, de sus recuerdos.

Hoy, una vez más he leído a Marlow. Perdón, a Conrad. Y al llegar al momento en que la negra se despide de Kurtz en el borde de la selva, he recordado a Anna levantando sus brazos, como abrazando el bosque, el aire, el agua, con sus compañeros tras ella, silenciosos e indómitos.

Estoy enamorado, absolutamente enamorado, y eso es una bella tortura.


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domingo, 1 de julio de 2012

UN FINDE PIRENAICO


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No olvidéis a Irán
Hablo con un tipo de mi edad. Recuerda al grupo de montañeros perdidos y a sus tres compañeros que murieron hace más de cuarenta años. Ha visto muchos, dos o tres cada cinco años, a veces más, sin embargo, por mucho tiempo pasado, esas cosas siempre se recuerdan.
Nos conocemos de hace treinta y nueve años. El vivía con sus padres y trabajaba en el estanco, bodega, colmado de la familia. Fue cuando Carlota, Joan, Jep, Mónica, Anna y yo encontramos la casa en aquella montaña perdida por la Cerdanya. Me cuenta que cada mañana, a las seis y media, anda una hora por la montaña para escuchar el canto de los pájaros. Y le hablo de mi primer libro, en el que todavía no sale esta parte de mi historia. Deberá esperar el segundo.
-¿Qué costará?
-Unos tres euros, supongo.
Se mete la mano en el bolsillo y me los da.
-Mándamelo.
Le hablo de Amazon y del Kindle. Si le hablara en chino entendería lo mismo. Al fin le propongo una salida.
-Te lo mando y si te gusta me lo pagas.
El problema es que de todos modos dirá que le gusta y lo pagará. Me saldría más a cuenta imprimir algunos a través de Bubok y llevarlos conmigo para irlos vendiendo.
Me despido y cojo el camino que lleva al valle vecino. Los pies me sudan, paso por un arroyo, los refresco y ando un rato descalzo. Con veinte kilos menos aguantaría perfectamente todo el camino, igual que cuando con Lourdes por los senderos del Cap de Creus, desnudo por completo y andando sobre los afilados y duros guijarros de pizarra.

Escribo al lado de una fuente, junto a un grupo de ciclistas que han hecho un alto para desayunar. Un mosquito aterriza en mi pierna y observo como me pica. No puedo ver su aguijón de lo fino que es, o quizá mi vista no sea tan aguda como hace tiempo. En unos minutos me saldrá un grano, escocerá un rato y luego desaparecerá. No me afecta demasiado, al contrario que a Joan, que, aparte de ser un imán, su erupción es molesta y hasta peligrosa.
Recuerdo una noche en el barco, en Ampuria Brava. Debió ser poco después de haberlo comprado, ya que estábamos solos. El durmió en el cajón de la aleta de estribor, un camarote en forma de nicho, con una toalla haciendo de cortina para evitar la entrada de los mosquitos, y yo en la sala de mapas. Pensé que así solo me picarían a mí. Pasé toda la noche oyéndolos pasar sobre mi cabeza, directos a la toalla en busca de un orificio.
Dicen que es la temperatura o la exudación de cada uno. Desde mi terrible aventura con Artur en el Pirineo, en la que estuve a punto de morir de frío, creo que cambió mi temperatura corporal y la otra, esa que ni se ve ni se puede mesurar.


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