PIENSAS DIFERENTE, VOTA DIFERENTE

domingo, 25 de septiembre de 2011

ANNA, SIEMPRE ANNA...

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El pasado lunes recibí un correo de Anna. Dice que está bien y que sigue en la brecha.
Solo puede conectarse muy de tanto en tanto, cuando consigue llegar a un pueblo tailandés con suficiente cobertura, que más o menos viene a ser una o dos veces cada tres meses. También me cuenta que en algunos poblados del interior de Myanmar, los animales y la gente mueren. Cree que el gobierno está utilizando productos químicos o biológicos llegados de la China.
Los militares se apropian de la tierra, esclavizan a la gente y siembran adormidera. Pueblos enteros huyen y se trasladan a Laos, a Tailandia o a barrios de chabolas. Dice que no hay médicos ni medicinas y que para conseguir desplazar a la población, el ejército ataca los poblados y mata todo lo que encuentra, excepto a las mujeres jóvenes, que se las llevan para prostituirlas o encarcelarlas y utilizarlas para el desahogo de sus soldados. Me cuenta que las ponen en hileras y son escogidas por orden jerárquica. Pero eso ya lo vimos Alvar (el Artur de mi novela), Julián y yo de adolescentes en la selva de la Guinea ecuatorial. Allí eran las mujeres y las hijas de los peones, y los leñadores españoles sus violadores, que también las escogían por jerarquía.
Todo eso me cuenta en su carta, aunque yo ya lo sabía. A su compañera, después de violarla, le destrozaron las rodillas con una maza por no ser lo suficiente sumisa. Anna tuvo más suerte, era europea y alguien de aquí movería los hilos y terminaría pagando.
Pese a todo, me cuenta que es feliz y que su trabajo avanza, que sus compañeras son maravillosas, aunque muchas de ellas hayan perdido a sus compañeros.

Los destacamentos de los pueblos del interior malviven y son dirigidos por oficiales olvidados o sin influencia. Son el último mono de la tribu y casi cobran por resultados. Si desplazan un poblado demasiado díscolo se llevan una cantidad, si consiguen que trabaje para ellos y cultive adormidera, se llevan otro pellizco o se convierten en futuros hacendados. Si atrapan a algún revolucionario, lo eliminan si es hombre o se divierten con él si es mujer y joven, que es el caso de la compañera de Anna. Y si es un europeo, se le acusa de contrabando o de ser traficante, que es lo más sencillo y práctico, y por él cobran una comisión o directamente el producto del chantaje.
A su compañera se la llevaron arrastrándola, ya que andar no podía, y nadie volvió a saber de ella. Con Anna fue distinto.

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Amara ya lleva el electro-estimulador en su espalda, el martes se lo introducirán de manera permanente. Cuando el dolor ataca lo conecta, siente un hormigueo en las piernas y el dolor se le mitiga. Apenas puede moverse, los electrodos podrían migrar y no servirían de nada. Según el médico en quince días se habrá desarrollado la suficiente fibrosis a su alrededor para estabilizarlos.
Jep y Mónica pasaron por casa y se quedaron a cenar, y me contaron que también habían recibido el correo de Anna.
Y tuve que levantarme de la mesa con la excusa de tener una necesidad. Una vez más las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos, pocas, ya que ni siquiera sentí su humedad en mis mejillas, pero eran. Me miré en el espejo, abrí el grifo y me lavé la cara.
Jep, el más sensato y equilibrado de todos nosotros, me había confesado que, de no haberlo hecho a mi manera y hacer caso a Biel y al resto, Anna todavía estaría presa y casi sin posibilidad de salir viva.
Con ella se me secaron los ojos en Cachemira, y no volví a llorar hasta doce años después, cuando nació mi hija. Luego pasaron veintinueve sin sentir otra lágrima, hasta finales de Mayo de este año, que pude abrazarla de nuevo en plena jungla birmana.
-Fue muy arriesgado. Podría haber salido mal –dijo entonces Jep.
-Pero salió como debía –respondí.
Todo en esta vida puede salir mal, siempre cabe la posibilidad. En este caso habríamos dejado la piel, solo eso, le podría haber respondido; pero preferí el silencio.
Para hablar y decir lo que hago, pienso y sueño, ya tengo el blog, anónimo como necesito y humano como me gusta; y, gracias a él,  imagino que así todos saben lo que hago, digo, pienso y sueño.

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Escribo el tercer libro de mi historia, mientras doy los últimos toques al segundo y mi hija y mi compañera terminan de corregir el primero. Y al repasarla pienso que, como un día dijo Pili (la Mila de mis novelas), hemos vivido.

Y veo a un tipo que ha corrido algo de mundo, ni más ni menos que muchos otros; que ha pasado por divertidas aventuras y peligrosos trances, pero no más que otros; y que tanto lo uno como lo otro lo ha respirado con toda la intensidad posible. Pero, como el último, ya prácticamente con sesenta y la errónea certeza que nunca volvería a vivir nada semejante, ninguno.

Anna es la única protagonista de mi novela, a la que mantengo su auténtico nombre.
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domingo, 4 de septiembre de 2011

FACEBOOK

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Hace unos días tuve una inesperada alegría. En mi cuenta del Facebook, la familiar en la que sale mi nombre y mis apellidos, recibí un mensaje:
¿Eres Pau, el que recuerdo, amigo de Joan, de Jep?
Soy Mara.
¿Cómo te va, qué sabes de ellos, de Mónica, de Carlota...?

Dispongo de dos Facebooks, uno para la familia y los viejos amigos, el otro para los recientes de la blogesfera y para alguno de los primeros.
¿Por qué?
Para no mezclar y poder estar en todos.
Comparto y publico los mismos temas, enlaces, fotografías, películas... pero con dos maneras distintas de plantearlas.
No me gusta eso de tener cientos de amigos, que luego tampoco sirve para mucho. Prefiero cincuenta o sesenta en cada uno de ellos, es más controlable y puedes estar en todo, aunque lo cierto es que siempre sobra alguien y falta alguno.

Respondí su mensaje, entré en sus amigos y encontré a Tesa. Me emocioné.
Ando, desde hace tiempo, a la búsqueda de Carlota, de Inma y de Lourdes; mujeres que me emocionaron y que marcaron mi vida. No las encuentro, no hay manera, igual que a muchos otros viejos amigos de aventuras y desventuras.
La gente de sesenta no es muy dada a entrar en estos sitios, los temen, no saben que el control lo tienen ellos.

Facebook me ha servido de mucho, pero lo más importante es que me ha facilitado el reencuentro con personas queridas y lejanas, esta vez de Madrid, que en un próximo viaje volveré a encontrarlas, pero en vivo.


Ahora mismo y sorpresivamente, acabo de encontrar a Inma. Sorpresivamente, porque hace un mes todavía no tenía una cuenta en Facebook o no la encontraba.


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jueves, 1 de septiembre de 2011

Y UNA IMPOSIBLE DESPEDIDA

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Por la noche, sedada pero aún consciente, le dije que había sido un placer haber sido su hijo.


La familia, mi padre en especial, quería velarla con el ataúd cerrado. No quise, tantos días con ella, casi sin moverme de su lado y sin haber podido despedirme como merecía. Necesitaba verla.
En el hospital tuve miedo que se diera cuenta, cuando en realidad era la más preparada y no paró de despedirse. Al dejarla con mi hermana, solo me preguntaba si a la mañana siguiente volvería a verme.
Llegué antes que nadie al velatorio, cuando sabía que el resto todavía estaría durmiendo. Me senté a su lado e intenté hablarle, aunque en silencio. Sabía que no podía oírme, que por su cerebro ya no corría la sangre necesaria, que no recibía oxígeno; pero me daba lo mismo.

Me han quedado tantas cosas que contarle, que no hay vida suficiente para ello.
Los miércoles la recogía del bar donde se reunía con sus amigas de la infancia. Me gustaba y disfrutaba del viaje, ameno, tranquilo... en el que nos contábamos las últimas experiencias, las últimas aventuras, lo que pensábamos sobre una u otra cosa. Igual que hice con su madre, tan abandonada por ella misma, que en sus últimos momentos recordó lo mucho que la hizo sufrir con sus desprecios y la dejadez con que la trató.

No paró de entrar gente para saludarme, en su mayoría para quedar bien y hacer el paripé. Amara intentaba no dejarme solo por estar convencida que necesitaba su consuelo, cuando para mí era una molestia. Yo solo intentaba concentrarme, pensar en ella y en todas las cosas que me quedaron por decirle.
De todos los que había, solo Amara por su trabajo y yo por mi historia, estábamos acostumbrados a la muerte; la habíamos tocado, sentido y casi hablado con ella.
No, yo no necesito consuelo. La muerte es parte de la vida y sin la una no puede haber la otra. La muerte es lo más natural de este mundo y lo que con más exactitud acontece.
Ahora que sabemos que hasta el Universo nace y muere, que la materia es y deja de ser, que ni siquiera es necesario un dios para que exista y desaparezca... qué más da consolarse o no por algo inevitable y seguro, que no es bueno ni malo.

Nada peor que un velatorio para despedirse de un ser querido.

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EL BLUES DE AMARA...

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-¿No os basto yo?
La miro, sonrío… Los dos sevillanos parecen desconcertados. No esperaban esta salida, yo tampoco.


Los habíamos visto por la mañana con sus tablas. Ya en la playa no dejaban de mirarla embobados, mientras ella se exhibía con naturalidad. Yo, de vez en cuando los observaba; a ellos, que a duras penas podían mantener el equilibrio sobre las crestas; a ella, que unas veces se situaba de lado enseñando su silueta, y otras de espaldas escamoteando la visión de su increíble cuerpo.
Extrovertida, alegre… salta las olas y ayuda a uno de ellos a recoger la tabla. Él le dice algo, y ella, con una risa, cubre su desnudez con la tabla simulando quedársela. Después charla con los dos, lo justo para demostrar cercanía, sin abandonar cierta distancia.
Se acerca a la toalla y se echa a mi lado. No me dice nada, solo sonríe. Me gusta su mirada, el imperceptible gesto de cazadora satisfecha.
Momentos antes lo habíamos hablado, aún so sé por qué. Ahora no sabría, no podría dar una explicación. Quizá porque para mí es parte de un juego, el divertimento que busco en cualquier rincón de mi vida.
Disfruto de su felicidad, de cómo ejerce su poder de seducción, de que por fin se sienta viva, atractiva.
-¿Te gustan?
-Están de muerte.
-Vamos… que te los tirarías ya mismo. –le respondí riéndome, con el suficiente desenfado para que no se sintiera cohibida.
Por qué no, parecía decir su mirada. Por qué debemos anteponer la falsa moralina.
En realidad lo deseaba y yo la ayudaba para que lo convirtiera en una fantasía.
-¿Por qué no? Es tu cuerpo, tu deseo… Lo demás es falso, es la moral que te han impuesto sin darte ninguna explicación, la de la iglesia y de las monjas de la escuela –le dije para convencerla que no debía sentir ningún reparo.
Después de todo ya nos habíamos saltado esta falsa moral con Jep, con Joan, con Biel… en nuestra casa de la Cerdaña. Pero esta vez es distinto y con unos desconocidos, que aún no sabe cómo piensan, cómo son, cómo huelen, cómo es su tacto; sin embargo, es consciente que la desean y le apetece probar.
Me levanté y recogí mi toalla, como si ya tuviera suficiente sol, lo cual era cierto. La arena ardía y ya no podía soportarlo más. No me apetecía volver a bañarme.
Me siguió. Quizá no osara o le intimidara quedarse sola.
Volvimos al bungalow y nos duchamos. Habíamos adaptado la estancia para darnos el mejor placer, en este caso el mío, puesto que por mucho que la viera o la disfrutase, nunca me cansaba de recrearme a su costa.
Aparecieron al rato de habernos sentado para el aperitivo, impecables y elegantes, haciendo gala de lo que eran: unos señoritos sevillanos. Altos, delgados y atléticos, de edad parecida a la mía, quizá algo menos, pero sin parecerlo. Nos saludaron e hice el gesto de dejarles sitio.
De amena y educada conversación. Hablamos del mar, de la peculiaridad del estrecho y de sus corrientes, del deporte que tanto les fascinaba, por entonces muy raro en la península. Después de comer volvieron a la playa para seguir practicando, y nosotros hicimos una excursión hacia el interior.
-Nos vemos esta noche y tomamos unas copas –les dije al despedirnos.
El barman, solícito, nos dejó una botella de whiski y otra de cava, que era lo que a ella le apetecía, cerró el bar y nos dejó el aparato de música en marcha. Éramos los únicos clientes del recién estrenado hotel y no nos supo mal, no tenía otro trabajo qué hacer. Sobre la mesa quedaron encendidas unas pequeñas luces a forma de guirnalda, que, aparte de las farolas del jardín, iluminaban tenuemente todo el complejo.
Y seguimos charlando, esta vez de trabajo, del suyo como enfermera en un famoso hospital barcelonés, de su pasión por la medicina y de sus estudios truncados por la familia. Y ellos, una vez más hablaron de su gran afición y de las olas que se formaban en aquella maravillosa playa frente la costa de Marruecos, por un lado tan tranquila y por otro tan solitaria.
-Con un par de chicas como tú ya sería el colmo –le dijeron con su inmensa gracia, a modo de piropo.
Y ella, con la camisa desabrochada y abierta hasta más allá de sus hombros, simulando un calor que nadie podía notar a aquellas horas, respondió con un gracioso mohín...
-¿No os basto yo?
Y sí… siento el desconcierto. Y antes que respondan con una broma o uno de sus requiebros, me introduzco en su bando, tratándola como independiente y libre, como si solo la conociera de esta preciosa y cálida noche de verano.
-Somos tres. Quizá no tuviéramos bastante –le digo riéndome con ganas, pero manteniendo su tono, el de su provocativo mensaje.
Y sigue la broma, más desafiante si cabe, acompañada de su apabullante sensualidad y gracia.
-Eso, en todo caso habría que verlo.
Me admiro y me pregunto por su cambio. Qué habrá pasado, cuando solo hace una semana, justo el día de nuestra boda, todavía demostraba timidez y denotaba algo de su antiguo complejo.
Uno de ellos, casi por probar y medio en broma, la provoca y le pide que nos haga un estriptis, -después de todo ya la habíamos visto desnuda en la playa- y ella le sigue el juego.
-Tú me desnudas lentamente mientras nos bebemos una copa de cava a la vez. En el momento que caiga una sola gota en el suelo, paramos.
Risas, juego… El tipo, pese la dificultad de hacerlo todo a un mismo tiempo, lo intenta. Ella le da la espalda para ayudarlo, gira su cabeza y coge la de él para unir sus bocas en la copa. De vez en cuando también aprovecha para desabrocharle los botones de la camisa y se ríe al conseguirlo.
-Como te descuides terminaré yo antes contigo –oigo que le dice con una sensualidad que embriaga, que, a nosotros, invitados de piedra, nos pone a mil.
Mi compañero no dice nada, no osa romper el encanto. Yo, excitado como nunca, lo vigilo de reojo, no fuera que me pregunte o que se sienta intimidado. Pienso en decir algo para cortar su preocupación, pero de mi garganta solo sale un gutural ¡Joder! cuando su compañero consigue bajarle los pantalones y ella arquea su cuerpo hasta pegarse a él y beber otro sorbo.
Ella, prácticamente desnuda, baja una mano mientras lo abraza con la otra para no perder ni una gota, y empieza a desabrocharle la bragueta del pantalón.
Oímos risas y gritos…
-¡Que cae, que cae!
Pero de inmediato, más risas y la exclamación de que no ha tocado el suelo. Y es lógico, porque entre los dos cuerpos no queda espacio para una pluma y su juego se ha convertido en un tórrido baile de una pareja desnuda, en el que nosotros solo servimos para llenar la copa muy de vez en cuando.
De pronto paran y se acercan para sentarse, el uno con solo los calzoncillos y ella ya sin bragas. Se ríen a carcajadas, sin parar. Y es que el pobre ya lleva rato con una erección de cuidado y han terminado tomándoselo a broma.
-¿Qué quieres chica? Uno no es de piedra.
-No te preocupes, yo también estoy cachonda perdida.
Y hace el gesto de ventarse con la mano, mientras mira con indisimulada admiración el gran paquete de su compañero.
-Podríamos seguir el juego en nuestro bungalow –intervengo con la seguridad de lo que todos buscamos y nadie se atreve a proponer. –Nosotros también queremos nuestra ración y quizá no nos conformemos con un simple calentón.
Me espanta la situación. Con los amigos todo es más fácil. El cambio de parejas, su relación con Jep… Por muy libres que seamos, nunca salimos de nuestro entorno. Esto es distinto, más brutal y salvaje.
Está espléndida, más bella y sensual que nunca, se siente fuerte y segura, dominante.
Desenchufamos el cable de las guirnaldas y de la música, recogemos las dos botellas y las copas y entramos en el bungalow, encendemos el hilo musical y uno a uno bailamos con ella, dejando que nos desnude poco a poco mientras araña nuestros cuerpos, nuestros sexos; mientras nos devora y nos enloquece. El límite lo pone ella, la situación y el ambiente, y lo cierto es que no lo hay porque no lo quiere.
Y con asombro descubro su arte, casi único, el que tantos estragos provocará a su paso. El desconocido se siente parte de ella y no se extraña; y ella lo trata como íntimo y próximo, demostrándole una empatía difícil de igualar.
No sé cuántas han sido las veces, parecemos cuatro guiñapos y hemos estado durmiendo hasta que el cuerpo ha dicho basta. Me levanto y a mi alrededor solo veo cojines, colchones y sexo. Mis compañeros se desperezan. Ella entra en el baño y al poco nos llama. Quiere ducharnos uno a uno para saborearnos antes de la despedida. Incluso yo pienso que debo aprovechar el momento como si fuera uno más.
Desayunamos en la terraza como si nada hubiera pasado y nos despedimos con un abrazo, y ella con un casto beso.
-Ha estado bien, muy bien –me dice ya en el coche en dirección a Granada, mientras se acomoda para echar una cabezada.
Para ella ha sido una experiencia increíble y fantástica; para mí una sorpresa a la que deberé acostumbrarme, con la sensación que tanto puedo haber despertado un monstruo como todo lo contrario.

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