PIENSAS DIFERENTE, VOTA DIFERENTE

domingo, 23 de mayo de 2010

UN ÁTOMO DE LA CAGADA DE UNA GALLINA CÓSMICA

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Hoy, mientras escribía sobre el Pakistán que conocí, Lahore, Karachi, Pindi y la Cachemira del norte, del Hindu Kush; razonaba conmigo mismo sobre la transigencia, la integración y la diferencia.
Ahora que empezamos a conocer el cosmos, que discutimos sobre la posibilidad que existan multitud de universos que nacen y mueren constantemente, compuestos de millones de galaxias; que sabemos lo poco que somos: un pequeño grano de arena de una de las más pequeñas playas, que a nosotros se nos antoja de una enormidad imposible de mesurar.
Y somos como un átomo de la cagada de una gallina cósmica, y en su interior vivimos como podemos, codeándonos unos con otros, aprisionados en nuestras costumbres e idiosincrasias, haciendo bandera de ellas para diferenciarnos.

A medida que avanzo en la historia y remuevo mis recuerdos, descubro lo niño que fui y lo que hoy daría por volver a vivirla, quizá para morir o seguir viviendo, pero seguro que para dejar mejor huella.

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Dicen algunos que se hacen decir sabios, que la vida es más lo que imaginamos que lo que vemos. Y ni lo uno ni lo otro, puesto que lo que vemos es lo que nuestros miedos y deseos imaginan.
La realidad es una y simple, y está a la vista para quien quiera verla y no tema tocarla ni enfrentarse a ella.

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“Un hombre tan curioso como avispado. Llamamos a su puerta, cerca de la de arco en punta que abría el barrio, que de tan antigua no me atrevo a datarla. Por entonces ya nos reíamos al ver la sorpresa de la gente, cuando nos descubría europeos. Nunca hubiésemos imaginado que pudiéramos adaptarnos con tanta facilidad, no era solo la vestimenta, también la manera de estar, de dirigirnos a la gente. Y Hamid fue uno de ellos.
De edad. Tendría setenta o más, y eso que los paquistaníes del barrio aparentaban más de la que tenían. Después de leer la misiva levantó la vista y nos miró de arriba abajo. Parecía que estudiase nuestra posibilidad de supervivencia y, por lo que dijo después, no quedó muy convencido.
Ni siquiera hablaba en urdu, aunque lo conocía perfectamente. No hacía falta, a un lado su nieto nos traducía lentamente en ingles todo lo que decía, tan limpio que hasta yo entendí algo de la conversación.
-¿Unos jóvenes europeos que quieren viajar hasta el límite de la alta Cachemira?-
El nieto sonreía, percibía nuestro desconcierto, ya que por el tono parecía una pregunta unida a una reprimenda.
-Además de valor y pericia, necesitarán suerte para sobrevivir-
Anna sonreía con una tranquilidad que desarmaba al más pintado. Ya no se cubría la cabeza, había descubierto que no todas las mujeres del barrio lo hacían. El abuelo la miraba con cuidado, como si sintiera vergüenza o miedo de caer en pecado. En aquel extremo de Lahore, que la gente consideraba poblado de antiguos habitantes de la alta Cachemira, debía predominar la etnia panyabí, eso nos dijeron en el centro, cuando ellos sí lo eran. Sin embargo, podíamos pasar absolutamente desapercibidos, la gente es alta y de rasgos angulosos, distinta a la que habíamos visto en el resto de la ciudad; abundaban los ojos claros, entre ellos muchos rubios de fuerte parecido al típico nórdico; también habían pelirrojos. Los morenos tenían nuestras facciones y su tez era igual de clara que la nuestra, bastante menos oscura que en el centro de la ciudad. Un nazi la reconocería como una rama virgen de la raza aria.
Una vez más leyó la nota y nos preguntó si teníamos donde dormir. Respondimos que no, pero que buscaríamos algún sitio en el barrio. Y levantó los ojos simulando desesperación, como diciendo que no teníamos solución.
El nieto nos acompañó a una casa de dos plantas y de mala apariencia, donde según su abuelo daban buena comida y alojamiento. En mi vida hubiera imaginado que existiera algo así. Nos preguntaron si éramos matrimonio y respondimos que sí. No teníamos ningún interés en un lugar como aquel dormir separados. En primer lugar había que andar con cuidado, pues el suelo estaba roto y en algunos lugares había que andar por encima de las vigas desnudas. Y pensé que debía beber poco, no fuera que a media noche tuviera ganas de orinar, pero eso era lo de menos; y es que el urinario, como en muchas casas, estaba en el exterior. En segundo lugar también debíamos tener cuidado con las vigas, algunas no hubiesen aguantado mi peso. En la sala principal, que hacía de comedor, la mesa se apoyaba con tres patas sobre las tablas de madera y una sobre una viga. Un pequeño golpe y se iba abajo. Probablemente Hamid había decidido que supiéramos lo que nos esperaba, antes de emprender el viaje.
En Pakistán se come admirablemente bien con relación a sus vecinos. Según nos contaban los pocos viajeros que habíamos conocido, la cocina paquistaní era superior y mucho más rica que la india, sus platos más elaborados y sazonados con más maestría. Nunca tuvimos problemas a la hora de comer y nos gustaba encontrar nuevos sabores.
La cocina de Karachi es una amalgama de todas. En todo lugar te hacían platos de cualquier región paquistaní, a cada cual más sabroso y distinto. Por tal cosa no nos extrañamos que allí sirvieran platos completamente distintos a los que habíamos probado hasta entonces, más suaves todavía y muy bien cocinados; lo que no esperábamos es que la mesa estuviera llena de comensales, todos hombres. La intuición hizo retirarse a Anna, que la miraban de mala manera. Me acerqué a la cocina y las vi allí, arremolinadas alrededor de una pequeña mesa, todas con la cabeza cubierta. Al volverme vi como los hombres introducían la mano en la misma fuente, llena de arroz, verduras y carne. Al principio quise marchar, me sentí muy violento, sobre todo por mi compañera. Si aquello era lo que nos esperaba, prefería mil veces olvidarme del viaje. Anna se reía al ver mi cara y ni corta ni perezosa entró en la cocina y, de allí, al momento se levantaron voces, saludos y risas. Un tipo más arrugado que una pasa de Corintio me hizo sitio, se le notaba violento. Anna, con su flequillo, sus gruesos labios, su sensualidad, su arrebatadora juventud y su manera de mirar y ser tan fuerte como desafiante, se había convertido en una provocación para aquellos tipos. Tomé asiento y en un momento de lucidez entendí que debía pedir disculpas. Con palabras inglesas y el apoyo de la mímica les hice saber que en mi país, España, nuestra costumbre era comer en la misma mesa y que la mujer fuera descubierta. Poco a poco fue disipándose el recelo. La comida era excelente desde mi punto de vista o paladar, el único problema era su poca higiene. Comí pequeñas tortas de pan, que utilizaba de envoltorio y para coger el arroz y la carne, también unas rugosas y sabrosas croquetas que habían puesto en tres platos sobre la mesa, y agua y té de bebida. El té nunca me había gustado, pero desde el principio entendimos que era mejor tomarlo antes que beber agua sin garantía.
Uno de mis acompañantes, igual para romper el hielo, para sentar una cercanía o para demostrar que no eran tan machistas, reconoció que en su casa, las mujeres comían con los hombres e iban descubiertas; en poco rato y con asombro descubrí que solo uno de ellos mantenía la costumbre. Me abstuve de hablar, primero porque no entendía y segundo porque comprendí que era el menos indicado. Pero, tal como discutían y la ferocidad que empleaban, me di cuenta que el extraño no era yo sino el machista, al que recriminaban de algo que no entendí. Uno de ellos, al verme apartado, me explicó que sus abuelos, bisabuelos... nunca habían excluido a las mujeres, que eso era nuevo.
Por la noche Anna me dijo que con la discusión, en la cocina se respiraba tensión y malestar, se hablaba poco y nada sobre el tema; que aquella sociedad era cobarde y débil, sobre todo las mujeres. La vi tan irritada que le propuse anular el viaje, aunque tampoco estábamos seguros de poder realizarlo.”

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miércoles, 19 de mayo de 2010

EL TIEMPO

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Hace tiempo, un par de meses más o menos, empecé mi libro. Me decidí después de constatar que estaba preparado, tanto psíquica como intelectualmente.
No es fácil. Antes de darlo por bueno, estoy seguro que cambiaré capítulos enteros. No es lo mismo publicar unos cuantos artículos en un blog, mal primero, regular después y soportables al final, que escribir un libro; y más de la magnitud de este.
Llevo 48 páginas del Word, 28.800 palabras. Salteo la historia en dos tiempos, el primero a partir de una fecha muy lejana, el segundo a treinta años. En el momento que el primero alcance al segundo, la historia habrá finalizado. Y pienso que no he llegado ni al 20% de lo que tengo por contar.
48 páginas de Word parecen pocas para dos meses de trabajo. No es así, piensen en lo que publico aquí y en “un gato” durante el mismo espacio de tiempo, sumen y verán que no le llega ni a la suela del zapato.
No leo, ni siquiera repaso lo ya escrito hace uno, dos, cinco años para documentarme. Escribo con la memoria como guía, y con la experiencia y los consejos recibidos durante estos años de blog. A veces me salto los cánones. La historia lo merece, pienso, porque me sale así, tal como creo haberlo vivido. Otras veces rectifico y me ciño a un estilo más enciclopédico, si a eso se le puede llamar así.
Hace unos días y tomando una copa con Joan, este me dijo... –Dice Amara que estás escribiendo un libro, el tuyo. Se supone que cuentas tu historia-
Y respondí, con todo el amor, lo que mi viejo amigo-hermano quería escuchar.
-Es como una novela y los nombres serán ficticios-
Y claro, no es así excepto en los nombres. La historia es tal como fue y en primera persona.
Joan es, por encima de todo, perspicaz, y, como es natural, no terminó de creérselo.
-Por lo menos me dejarás bien-
-Tal como eres- respondí.
No lo vi muy contento ni tranquilo. Y tanta alarma no la entiendo, después de todo, dudo que encuentre alguien que quiera publicarlo, y eso cuando lo termine.
Mis amigos creen que eso de escribir un libro es publicarlo. Tal vez sobrestimen mi pericia y den por hecho que me sobran contactos.

Nunca escribiré como mi maestro, lo sé y me conformo, me faltan los estudios necesarios y el tiempo.
El tiempo... eso es lo que me mata, nos mata a todos excepto a los africanos. El tiempo allí no corre, solo transcurre como el río de Sidharta.
El tiempo es lo que me impide seguir escribiendo en este sitio, con la asiduidad que me gustaría.

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